Edición Nº 30

La Revista

Cuarto Oscuro

El cine del fin del mundo

 

Autor: Sergio Zapata

 

El año del fin del mundo, como slogan comercial de todo tipo de productos, se abre paso entre el miedo y la histeria que vimos los últimos años en la cinematografía. Con una suerte de tedio consumo, algo de pasividad y de insana melancolía de haber habitado el planeta tierra, el cine de catástrofes nos revela los múltiples efectos y a veces causas de nuestro fin, con los requerimientos con los que la industria (hasta en clave metafísica) nos vino escandalizando sobre el fin. 

Como objeto de consumo, la posibilidad del fin del mundo –establecido para diciembre de 2012– fue posicionado por el cine, la tv, y la industria editorial como un producto poco convencional, ya que consumir las formas del fin no responde a ninguna necesidad ni a ninguna patología. Entonces, se trata de visionar el fin, imaginarlo, consumirlo de forma pasiva ya sea individual o colectivamente, constituyéndose así uno de los gestos más cínicos del hombre. Contemplar su propio fin.

Fin posible 

Que el cine anticipa al tiempo por vivir parece algo común. El mismo gesto de filmar, capturar el tiempo, ya pareció en su momento una suerte de fin del mundo. Por su carácter diabólico y artificioso, indudablemente este gesto de ruptura desencadenó el desencantamiento con el mundo. En este gesto mecánico, de capturar el tiempo, descansa el edificio del mundo contemporáneo. Pero el desencanto con el mundo, se vislumbra desde este gesto técnico –y su reproductibilidad: de alguna manera, este desencanto y fin del mundo inició con los Lumiere, cuando el tren llega. El desencanto se presenta cuando se descubre que este tren no es sólo real, sino que puede repetirse la escena hasta el hastío.

Esta forma del fin de la humanidad, y no del mundo, se denunció a lo largo del siglo. Sin embargo, el hombre no se alienó por la pérdida del aura y originalidad en los objetos sensibles, ni en las formas de socialización ritualizadas, sino que, merced del desencanto, edificó sobre la reproductibilidad las formas más ásperas y cínicas de comercio de lo sensible. Este gesto del fin de lo bello sacude nuestra emotividad cada vez que asistimos a la puesta en escena de una nueva tesis sobre el fin del mundo.  

De forma cínica, el siguiente recuento de imágenes del fin del mundo busca homenajear esta condición estetizante de la fatalidad.   

Cuando el destino nos alcance (1973, foto), dirigida por Richard Fleischer, nos advertía del peligro de la sobrepoblación y los efectos de ésta a nivel político, social y ecológico. Señalando que en 2022 una élite minoritaria tendría el control de los recursos por su escasez, constituyéndose la dictadura perfecta y el fin del tejido social, una revolución se presenta inminente; sin embargo, serán las formas de exterminio del remanente de humanos lo que anticipará al fin, que vendrá por la carencia de alimentos e inestabilidad de los suelos.

El tema de los recursos naturales o la sobre explotación de éstos, además de la actualidad del calentamiento climático, cuyos efectos se vienen repitiendo y multiplicando cada vez más, se explican de manera muy sencilla en El día después de mañana  (2004) de Roland Emmerich, donde las posibles consecuencias que generará el calentamiento del globo y el sucedáneo derretimiento de los polos originarán un periodo de glaciación. A diferencia de lo que señalan los científicos y el sentido común, en la película el fenómeno es reversible.      

En este sentido, no podemos soslayar el tan divulgado documental del ex vicepresidente de EE.UU Al Gore: Verdad incómoda (2008), dirigido por Davis Guggenheim. Las imágenes del fin son tan turbadoras como incompresibles por la retórica científica y el barniz electoral que le imprime. 

Otra forma de fin del mundo es aquella que se aleja de la triada desarrollo-progreso-crecimiento, apostando por el efecto directo del desarrollo investigativo del hombre. La película más provocativa de este subgénero apocalíptico es Contagio (2011, foto) de Soderbergh, donde un virus hace su recorrido fatal. Sin embargo, no se presagia el extermino del género humano como en Soy Leyenda (1954) de Richard Matheson y sus diferentes secuelas, donde sólo queda un último hombre en Los Angeles, tras la mutación del género en hombres vampiro. Este elemento, la mutación, siempre estuvo asociado al terror y a lo fantástico, cuya historia relegada muchas veces nos ofrece la galería más rica de formas de destrucción no sólo del mundo como escenario de vida, sino hasta posibles formas de descomposición de la sociedad. Para esto sólo hay que remitirse al cine clase B, de donde proviene otra de las formas posibles del fin del mundo. Quizás una de las películas más interesantes por su relevancia en la historia de la cultura de masas, sea La guerra de los mundos, cuya última adaptación es de 2005. El hecho: la invasión de la tierra por una fuerza extraterrestre, con el consabido exterminio de la especie.

 

El extermino de la especia quizás es la imagen más potente de un posible fin del mundo,  develando con esto el carácter antropocéntrico del género y a su vez cierta responsabilidad con el mundo, puesto que es la plaga humana la que deterioró el mundo.  Por suerte, en el cine el mundo logra vengarse del hombre que lo colonizó: con El fin de los tiempos (foto), en clave de terror, M. Night Shyamalan nos recuerda que este mundo no es nuestro y que la naturaleza se vengará.    

Diametralmente opuesto a esto, donde el mundo sucumbe por efectos naturales, se sitúa la técnica que alcanzará niveles de desarrollo insospechados y dictaminará el extermino de su creador. Los casos más elocuentes son las  sagas Terminator y Matrix, donde son las máquinas quienes deciden acabar con la vida humana y hacer ellas la historia. 

Pero este recuento fatídico no estaría completo sin una de las formas de representación del fin de la humanidad más asombrosa que es la degradación humana. Ya sean los zombies o algunas películas ciertamente más moralizantes, como Hijos del hombre (2006) de Alfonso Cuarón  o Melancolía (2011) de Lars von Trier, esta veta nos permite repensar el modo de enfrentar el inevitable ocaso de la vida.   

Quedan para la memoria visual las imágenes catastróficas de 2012 (2009) de Roland Emmerich, donde el fin del mundo nuevamente es superado por la humanidad, que construye un par de arcas para garantizar el predominio de su especie y así poder volver a colonizar el mundo. 

 

 

 

 

 

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