Edición Nº 18

La Revista

Cuarto Oscuro

El cine y la ética de la drogadicción

 

Autor: Pedro Brusiloff

 

Recuerdo que en cierto documental sobre las drogas un agente de policía argumentaba que los estupefacientes alejan a las personas de sus responsabilidades, las hacen huir de la realidad. Y, sin embargo, ¿no son esas responsabilidades y esa realidad las que justifican su uso? La vida diaria, con sus dolores físicos y morales, con su tedio, con su angustia y su vulgaridad son el destino horrendo del que se pretende huir. Comparado a las viscitudes de la rutina, el estado al que las drogas nos permiten acceder es sencillamente paradisíaco. El yo se diluye en la transparencia de una euforia lúcida, errantes sobre la fluctuaciones de la libertad somos, más que seres naturales, la sensibilidad de nuestro propio intelecto, vivimos en la expansión de un pensamiento total. Pero por la misma razón, el efecto de la droga acarreará, en su dilatación de latitudes, los abismos más profundos, los demonios, las rupturas de la experiencia; la ávida euforia se convierte en la comprobación fatal de una condición humana trágica, el paraíso es una extensión infinita e imposible, el infierno se muestra como el único lugar plausible para la inocencia. De alguna manera, la fuga no puede dejar de imitar los gestos vulgares de la rutina que busca rebasar. El efecto tampoco puede dejar de deformar, desfigurar y exagerar las formas de una experiencia previa determinada por la fealdad. El paraíso cae en manos de quienes, como dice Baudelaire o el personaje principal de Fear and Loathing in Las Vegas, pretenden adquirir la iluminación por cinco peniques.

La película Fear and Loathing in Las Vegas (1998) de Terry Gilliam narra el periplo de una caída, de un gesto liberador que llevaba, desde sus inicios, el signo de su desastre. Como las ratas que albergan la peste en la travesía del navío, la generación de los 60’s acarreba en su maravilloso rapto el gesto de una experiencia basada en el inmediatismo, la facilidad con que se podía acceder al sueño americano. La generación de los 60’s había accedido al paraíso como el ciudadano burgués pretende ganar la fortuna, la aceptación y el prestigio social por un capricho de la ruleta del casino. El consumo de la droga deja de ser la negación de un destino odioso y se convierte en la reproducción del gesto vulgar que se buscaba negar. Más aún, el hilarante sentido del humor de la película parece residir en la deformación de cierto estado constante de paranoia, de un orden de cosas que aún bajo los efectos liberadores del narcótico, continúa insertado en los gestos y visiones de los personajes. El consumo de la droga sucede a una conmoción donde los procesos, la continuidad de la experiencia han sido fragmentados por el poder, y donde ni siquiera los excesos más radicales son capaces de romper la intimidad con los íconos del autoritarismo.

 

 

De alguna manera, el aspecto que mejor define al periodista Raoul Duke (Johnny Deep) es la conciencia de seguir formando parte de un orden dado. Realmente no existe un enemigo o un némesis frente al cual los protagonistas puedan hacer ético el consumo de la droga. Así, por ejemplo, la convención de sheriffs que se celebra en el Hotel donde nuestros brillantes yonquis se encuentran alojados es una aguda parodia de la película Drugstore Cowboy (1989). En la película dirigida por Gus Van Sant protagonizada por Matt Dillon, un grupo de yonquis se dedica a asaltar farmacias para poder suministrarse de diferentes tipos de drogas; cierto día, y al igual que en el film de Gilliam, el hotel donde los personajes se encuentran instalados se llena de policías que deben asistir a una conferencia; sin embargo, la policía se presenta allí como un enemigo, como aquello que representa todo aquello contra lo cual los personajes se rebelan. La película también muestra cómo la huida se encuentra signada por un destino cruel. El sombrero que una integrante de la banda deja sobre la cama inicia la terrible racha de mala suerte que derivará en la normalización del personaje principal. En este escenario, los personajes que encarnan Matt Dillon y William Burroughs se convertirán en el homenaje a un espécimen en extinción, en la despedida de un héroe para quien el consumo de la droga implicaba posicionarse ética y políticamente en la subversión. Su lugar será ocupado por "niñatos chupatele" que no tienen noción de la rebeldía, por una generación para la cual el consumo de drogas es simplemente lúdico. La película anticipa así lo que en Fear and Loathing in Las Vegas se despliega lúcida e irónicamente: el consumo de la droga ya no implica ninguna rebeldía, de hecho, cuadra perfectamente con las fantasmagorías y la ideología del poder.

La película de Terry Gilliam también es una parodia de Easy Riders (1969). En la película de Dennis Hopper, dos motociclistas atraviesan las carreteras estadounidenses después de haber concretado una fructífera venta de cocaína. El estampado de la bandera americana en la chaqueta y la motocicleta de uno de los personajes recuerdan el uso que se le da a esta enseña en la película de Gilliam. En su recorrido, los motociclistas recogen a una serie de personajes en la carretera: el líder de una comunidad hippie, donde los protagonistas viven pacíficamente y reciben como obsequio LSD, así como el encantador borracho, hijo de un hombre poderoso, interpretado por Jack Nicholson. En la película de Hooper, los motociclistas se posicionan claramente frente a una forma de vida que castra la libertad, son dos íconos de la contracultura. Así, las pf_contenido que los personajes entablan con la gente que recogen en su recorrido son siempre pf_contenido de respeto, cordialidad e igualdad. La jocosa escena inicial de Fear and Loathing in Las Vegas, donde los enfebrecidos Duke y Gonzo hacen huir despavorido al joven que habían recogido en la carretera, resulta ser entonces una parodia de Easy Riders, donde el sentido sea el de remarcar la imposibilidad de asociaciones y vínculos humanos en los términos que la película de Hooper proponía.

 

Pero, si bien el intento de acceder a la iluminación desde el mismo gesto que determina la experiencia que se desea negar, es una de las maneras en que una realidad odiosa se apodera de la divina fuga que las drogas pueden ofrecer, nuestro mundo es hoy más cínico. Las drogas han sido absolutamente colonizadas y ya ni siquiera se utilizan para evadir una condición humana o un mundo insoportables, sino para vivir eficientemente en él. Es algo así lo que se muestra en la película de Darren Aronofsky Requiem for a Dream (2000), que por su efectismo y su propensión a generar emociones fáciles, puede ser vista como una satanización de las drogas. El film es también una narración de cómo las drogas han sido colonizadas por el poder, y de cómo se las utiliza para reproducir los proyectos y ambiciones que se imponen a los individuos. El patético periplo de la señora Goldfar es suficiente para argumentar lo dicho, pero a partir de Requiem for a Dream, podemos entrar en un ámbito aún más desolador: si en Fear and Loathing in Las Vegas el desencanto campea, por lo menos es posible hallar una narración aguda y brillante. Requiem for a Dream carece absolutamente del sentido del humor necesario para narrar el desencanto. Si la película de Gilliam despliega la pérdida de una ética y de algún sentido en el consumo de drogas, por otra parte propone una manera de narrar y posicionarse desde ese desencanto. Por el contrario, Requiem for a Dream no deja de ser el gesto apocalíptico típico de una época cuya otra cara es el triunfalismo. No existe un posicionamiento que le de originalidad a los personajes. Pero ánimo, estimado lector, el apocalipsis no es posible, el apocalipsis no existe porque, bien vistas, las cosas siempre pueden ser aún peores.

La película Spun (2002) de Jonas Akerlund es, desde mi punto de vista, una mala parodia de Requiem for a dream: poco a poco, los personajes ven sus sueños truncados y destrozados. Pero lo que diferencia a Spun es una banalización absoluta de lo que era uno de los aspectos más rescatables en Requiem for a Dream: la intimidad del uso actual de las drogas y de las distorsiones ideológicas del poder. La película desplaza esta perspectiva para priorizar el punto de vista de unos personajes sin gracia. Al mismo tiempo, campea un chapuceo de humor donde la agudeza brilla por su ausencia y donde no es posible rebasar las barreras de lo escatológico. Así, el humor equivale a un balazo en los testículos o a una escena sexual típica de American Pie. Lo que acaso esta película muestra sea no sólo la pérdida de una ética de la drogadicción, ni la imposibilidad de posicionarse desde el desencanto, sino la idea de que narrar la experiencia de las drogas es solamente crear personajes lo más extravagantes posibles, pero una extravagancia separada de cualquier contenido, de cualquier discurso propio, una extravagancia que, francamente, colinda con la estupidez.

Para concluir, puede decirse que este artículo sólo recorre una parte del amplio romance entre cine y drogas: la que hace énfasis en la narración de un posicionamiento político que parte de los íconos románticos de la contracultura, discurriendo por la narración del desencanto y, finalmente, a la aparición de una banalización muy poco prometedora.

 

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