Edición Nº 22

La Revista

Cuarto Oscuro

España y su cine de migración

 

Autor: Claudio Sánchez

En los últimos años los bolivianos hemos discutido y reflexionado sobre la migración de nuestros compatriotas. España sin duda alguna ha sido uno de los destinos preferidos por quienes buscaban mejores oportunidades, o al menos alguna oportunidad laboral. Recuerdo hace algunos años salir de casa temprano en la mañana y ver esas largas filas en las puertas de la Embajada española, recuerdo esa ola que iba dejando la consecuencia enorme de las playas bajas en un invierno paceño bajo este cielo tan azul.

Si la discusión boliviana gira en torno a lo que significa el vacío humano y social en nuestro país –con sus consecuencias–  pues la discusión española en particular, y europea en general, está enmarcada en los problemas que para ellos implica la llegada de los migrantes desde distintas latitudes: africanos, latinoamericanos, europeos incluso, migraciones internas y externas hacen temblar los principios de desarrollo que estaban fríamente calculados, y claro, cuando se trata de elementos vivos, la frialdad es algo que puede quedar de lado o simplemente ser descartada.

En la última década, el cine latinoamericano ha abierto su lente a la realidad de la migración. Ecuador por ejemplo ha estrenado varias ficciones que abordan el tema de maneras diferentes. Qué tan lejos (Tania Hermidia, 2006) o Prometeo deportado (Fernando Mieles, 2010) pueden ser al menos dos ejemplos de esta situación. Bolivia también ha hecho ficciones sobre este tema, los primeros estrenos comerciales de 2010 y 2011 han tenido como hilo conductor el fenómeno migratorio: En busca del paraíso (Paz Padilla y Miguel Chávez, 2010) y Vidas Lejanas (Okie Cárdenas, 2011). Y dentro de un tanto desastroso panorama que la ficción nos ha propuesto en estos años, el documental más importante y el mejor logrado de los últimos tiempos también ha abordado el tema de la migración: estamos hablando de Un día más (2009) dirigido por Sergio Estrada y Leonardo de la Torre.  

España y su cine de migración

Cuando empezamos a revisar el panorama de la producción cinematográfica española de la primera década del siglo XXI, encontramos con mayor presencia el tema de las migraciones, como un tópico ineludible. En un análisis más profundo tal vez podemos sugerir tres variantes de este tipo de cine: la migración interna, la migración tercermundista, y la migración como consecuencia política.

En estas tres categorías, arbitrariamente propuestas, se va perfilando un cine construido a partir de preconceptos – las más de las veces– o de investigaciones sólidas, consecuencia del desarrollo de las ciencias sociales, las cuales se apropian de las herramientas cinematográficas para poder llegar a más gente y así poder sostener alguna de sus tesis.

Migración interna

Es cierto que la dinámica económica genera al interior de un país un movimiento poblacional que está regido por diversos factores: las crisis regionales y/o las crisis globales. Cuando vemos los cuadros estadísticos de las grandes olas de migración encontramos al menos dos constantes: la primera puede ser aquella que se presenta como un desequilibrio en la capacidad de sostenimiento de un aparato productor regional, donde la población ya no logra conseguir trabajo o comercializar su propia producción; la segunda está ligada a las condiciones que le ofrece determinado lugar y que muchas veces no están acorde a las necesidades propias de estudio o desarrollo integral. Entonces, asistimos a pueblos que se van quedando viejos en tanto la población joven migra en busca de mejores oportunidades, no sólo laborales sino también formativas.

Entre las películas españolas que se pueden inscribir en este sub-tópico se encuentra Poniente de Chus Gutierrez. La directora escribe junto a Icíar Bollaín el guión de esta historia que busca retratar un pasado ineludible. El retorno de una hija a la casa de los padres que ya están muertos implica un reconocimiento del pasado que ha dejado. Y es que este riesgo de la migración, el perder la identidad, también se presenta constantemente de una manera que muchas veces cae en el chauvinismo y la propaganda más que en la necesidad de auto-reconocimiento, que permita el desarrollo integral social y cultural del individuo. Es necesario apuntar que Bollaín realizó en 1999 otra película que aborda el drama de la mujer migrante en Flores de otro mundo, un film imprescindible a la hora de ver las migraciones internas en España, una historia que pretende enfatizar en las necesidades humanas básicas y la lógica de preservación cultural y transformación social que se asigna a quienes se van sin irse del todo, dejando atrás un pasado al cual siempre tienen la intención de retornar.   

Regularmente estas historias de la ficción que se cobijan bajo el manto de lo que es la migración están sostenidas por anécdotas de amor, por esto las películas románticas de migración ocupan un espacio definitivamente importante en este panorama. No se trata pues de felicidad inicial sino de una aproximación a ésta a través del viaje del reencuentro con el lugar de origen y con uno mismo: viajes intimistas hacen que estas historias logren acomodarse en las carteleras con mayores facilidades a las de otras producciones. Entonces se camufla una intención obvia, la de recordar al espectador que es mejor volver a nuestro lugar de origen. Premisa que se repite a lo largo de la enumeración que hacemos ahora y de alguna manera esto es –aparentemente– lo políticamente correcto. 

La migración tercermundista

Tal vez sean los franceses quienes han desarrollada de una mejor manera la imagen de la migración tercermundista. Sin embargo, España también lo ha hecho, más como un cine oficial que considera necesario detener las olas migratorias de indocumentados, ya que esta situación se presenta como un problema en tanto resulta complejo mantener cierta estabilidad social en un contexto que se presenta indomable por sus características básicas.

Se trata de un cine de exportación que ha encontrado sus mejores pantallas en ciclos internacionales que cuentan con el apoyo del gobierno. Estas películas hablan acerca de las dificultades que experimenta un migrante en tierras ibéricas y de los matices que aquí existen, el desencanto es la ley de estas producciones, donde vemos a una sociedad que no acepta de una manera abierta a quienes buscan mejores oportunidades. Por ejemplo, en Retorno a Hansala (2008), Chus Gutiérrez narra la historia de la repatriación del cadáver de un migrante marroquí, muerto en el Estrecho de Gibraltar, historia por demás conmovedora donde la figura de la familia como única posibilidad de salvación es una constante que desencadena una serie de preguntas sin muchas respuestas obvias, más aún, consignando nuevas preguntas sobre el por qué migrar. 

Dramas incontenibles se presentan aquí, muertes, heridas, narraciones centradas en la trata de blancas, la prostitución, los riesgos naturales a los que exponen la violencia y la pobreza. Sobretodo estamos hablando de documentales que perfilan la dura realidad.

Pero también hay una sub-categoría, y es el cine latinoamericano hecho en España que busca a los compatriotas para poder narrar sus historias y llevarlas de vuelta a sus países. Ahí se encuentra por ejemplo En la línea (2010), dirigida por los colombianos Alfredo Cohen y Raynier Buitrago, quienes se conocieron en Barcelona mientras estudiaban. Esta es la historia de los árbitros latinoamericanos que trabajan los fines de semana, migrantes que encuentran nuevas satisfacciones en actividades que les permiten reencontrarse con algo propio, con algo que parece no se puede apartar tan fácilmente. Los antihéroes de esta historia se abren a contar sus historias y proponen una mirada más liviana de lo que viven.

La migración como consecuencia política

Es en Un franco, 14 pesetas (Carlos Iglesias, 2006) donde encontramos otra de las vertientes de la migración en el cine. En esta película se propone la idea de un pasado donde los españoles debían salir de su país para poder vivir en mejores condiciones. La historia se sitúa en la España franquista y el título del film hace clara referencia a esta etapa histórica. Irse a Suiza y dejar las raíces es la consigna, apartarse del horror en busca de un mejor futuro. La acción como una consecuencia política se desborda en la película de Iglesias para generar una noción que no se piensa mucho a la hora de entablar una relación de análisis con la producción cinematográfica española.

Y es que si en el siglo XXI España parece un destino ideal, hace 40 años la historia era otra. En El tren de la memoria (2006), documental dirigido por Marta Rivas y Ana Pérez, se desnuda el pasado donde los indocumentados, los analfabetos, los sin pan eran los propios españoles que insisten en salir de su país en busca de mejores condiciones de vida. Ésta, la otra historia, aquella que sugiere un ir y venir de sueños que pocas veces se hacen realidad. En todo caso lo que persiste es la ilusión de volver al punto de partida, dejar de sufrir para llegar al punto del reencuentro.

No es casual que el cine piense en los fenómenos culturales abiertamente, es más bien una consecuencia del tiempo que provoca en los realizadores la necesidad de pensar estas idas y venidas, el movimiento de las masas entre las dificultades y las alegrías. La política siempre ha sido un factor decisivo en la vida de las sociedades y España ha sido testigo de este fenómeno de una manera diferente, en tanto los años de dictadura han generado un estado de división del cual le ha costado mucho desprenderse.

La adolescencia del cine de migración

Es este el momento crucial en la historia del cine de migración, o es que vamos a ver el desarrollo ideal de esta temática, o es que aquí se encuentran nuevos caminos y se archiva el género en lo que pueden ser documentales institucionales. El cine español dedicado a la migración puede dar nuevas luces en las producciones homónimas de otras latitudes, o puede desbocarse y llevar su intención hacia un puerto que desconocemos o que preferimos evitarlo. Estamos hablando de la posibilidad de que éste se convierta en una herramienta propagandística dejando de lado toda exploración estética.

Lo que queda por hacer en este esfuerzo es buscar la ética de las películas. Repensar el discurso de estas producciones y procurar descifrar qué es lo que se nos está diciendo abiertamente. Lo que en la pantalla se sugiere puede generar una nueva corriente de discriminación o de aprobación del complejo fenómeno de las migraciones. En esta retroalimentación cultural es posible que también se esté generando otro cine, el cine de los migrantes en los nuevos países que los reciben.     

 

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