Edición Nº 9

La Revista

Cuarto Oscuro

La guerra en el cine: caso Irak

 

Autor: Sergio Zapata

Ya sea como divertimento o como aparato de propaganda, el cine, desde que existe, fue a la guerra, en los hombros de corresponsales que transmitieron de generación en generación como se desplegaba la autocensura hasta cierta contemporaneidad que estetiza la muerte y reconoce en el voyeurismo el fundamento de la ética periodística.

Irak. El montaje

Los días precedentes a la invasión de Irak, la portavoz del Departamento de Defensa de EE.UU Victoria Clarke anunciaba que la guerra debía ser narrada minuto a minuto. Con este objetivo, se entrenaron a cientos de periodistas para retratar la preparación y el ingreso del ejercito libertador de la coalición en Bagdad y la posterior demolición de las estatuas del demonizado Saddam, y obviamente la desmantelación de las armas de destrucción masiva. Hasta ese momento la imagen, la palabra y la verdad de esa invasión eran diáfanas y límpidas, casi artificiosas como la televisión.

En la invasión de Irak aparecieron en escena las nuevas plataformas comunicacionales, como emails, milblogs, blogs, video-on-demand, que permiten a las tropas de la colación comunicarse con casa. Pero no pasó mucho tiempo para que la contienda se traslade a estas plataformas, ya sea registrada con dispositivos celulares o diminutas cámaras de video, tanto los invasores como la insurgencia se sirve de estas plataformas para desplazar la guerra a un lugar donde Estados Unidos siempre tuvo el poder hegemónico: la opinión pública.

Esta heterogénea relación medios-prensa-verdad-violencia-mentira que emanan de esta invasión es retratada en Declaration of war (Franz Baldassini, 2004) donde el realizador viaja por EE.UU recolectando apreciaciones de la gente sobre la contienda en medio oriente: una suerte de esbozo del clima de la opinión. Similar tratamiento recibe Weapons of mass deception (Danny Schechter, 2004), que indaga sobre el control mediático ejercido por el pentágono sobre lo que llama guerra. Con el mismo tenor, pero en exceso amarillista, Fahrenheit 9/11 (Micheal Moore, 2004) masifica un género siempre marginado, el del documental-hipótesis, y sitúa a un año de la invasión el artificio que supo la campaña Irak.

Un conflicto al cual asistimos mediante imágenes en tiempo real, teniendo además en las pantallas el mejor refuerzo de la resistencia iraquí, el uso de cámaras y plataformas multimedia para difundir su accionar insurgente. Lo real y la ficción conviven de forma poco armoniosa en esta guerra, donde la verdad fue la primera víctima: en Gunner Palace (Petra Epperlein, 2004) se evidencia cómo una unidad de artillería del ejercito invasor pasea y se divierte por Bagdad, y en especial en un palacio de Sadam. Sin embargo, en este docu-ficción ya se percibe la molestia de la población civil iraquí. Por otro lado, con Occupation: Dreamland (Garret Scott, Ian Olds, 2005) asistimos, con un grupo de soldados desplegados en la tristemente celebre Fallujah, a las interrogantes que se hacen unos a otros sobre su misión en ese país lejano, y la manera en la que empiezan a notar que la población civil no los quiere. La ausencia total del pueblo iraquí se evidencia en el documental oscarizado Operation Homecoming: Writing the wartime experience (Richard Robbins, 2007) donde, mediante entrevistas e inserts que configuran un imaginario bélico, sólo se busca potenciar una visión positiva del conflicto. Será hasta Uncovered: the war of Iraq (Robert Greenwald, 2006) donde al fin un documental, demostrará más allá de la teoría de la sospecha que la invasión de Irak se sostiene sobre una mentira mundialmente difundida: las armas de destrucción masiva.

Un documental que se aproxima, a la sensibilidad del pueblo iraqui es Iraq in Fragments (James Longley, 2006). Longley, después de vivir dos años en Irak, realiza una memoria audiovisual sobre la exacerbación de las diferencias étnico confesionales en ese país; por supuesto, que todo ello orquestado por la coalición invasora.

La magnifica The war tapes (2006), donde la realizadora Deborah Scranton entregó cámaras digitales a tres soldados norteamericanos en servicio en Irak y permitió que ellos efectuaran el registro en primera persona, nos ofrece recorrer con ellos la muerte del patriotismo y el reconocimiento del engaño por parte de la coalición. En esta relación mirada-guerra, Brian de Palma depura aún más esta idea con Redacted (2008), quizás la película gringa más critica sobre esta campaña basada en mentiras. El film abre justamente con un soldado cámara en mano, confrontándonos con la única certeza de esta guerra: la verdad es la primera víctima.

Con la realidad siempre bajo sospecha y la inmediatez de las imágenes provenientes de redes que no poseen ningún filtro moral ni político como es la televisión, las visiones heterogéneas de un conflicto que sigue dilatándose, nos llega la ficción, libre de sospechas y siempre con un único interés: la taquilla.

La representación de Irak

La primera dramatización de la destrucción desmesurada que se sucede en ese país la encontramos en The Situation (Philip Haas, 2006), la primera película de ficción estrenada de forma comercial en EE.UU donde se narra lo que el tÍtulo sostiene: que la invasión a Irak es una situación, una suerte de indeterminación siempre confusa y abigarrada. Lo contrario ocurre con American Soldier (Sidney J. Furie, 2006), film que busca estimular a los jóvenes a enlistarse y defender su patria de un país que no les ha atacado. Esta idea de la guerra preventiva como base de la política exterior es explotada por Robert Redfort en Leones por corderos (2007) donde se exploran los meandros de la política exterior gringa y la justificación republicana sobre la contienda.

Pero la ficcionalización de este conflicto radica en la mirada de soldados: desde la mirada del joven marine en Jarhead (Sam Mendes, 2005), que espera la batalla contra los terroristas árabes que nunca llegará, donde los protagonistas están solo rodeados de arena y recuerdos y esperan y esperan. Ante la espera de la muerte, Kathryn Bigelow nos ofrece adicción, siendo ésta la base de su escarizada Zona de miedo (The hurt locker, 2009) que, sin pretensiones antibelicistas, busca retratar una experiencia extrema. Sin embargo, más extrema es la reconstrucción que efectúa Brian de Palma en Redactad (2008), cuando reconstruye la violación de una niña y el posterior asesinato de toda su familia perpetrada por marines; además de esto, supone una de las reflexiones más agudas sobre el rol de la imagen en esta guerra, que lo último que ofrece es transparencia.

En el ejercicio de reconstruir las atrocidades de esta guerra que dejó de ser contra el terrorismo para ser una guerra de terror, nos encontramos films como La batalla por Haditha (Nick Broomfield, 2007) que recrea el ominoso suceso acaecido el 19 de noviembre de 2005, cuando una patrulla de marines, tras la muerte de su oficial, masacra a 25 civiles ingresando casa por casa. La misma brutalidad nos ofrece La marca de Caín (Marc Munden, 2007), con un episodio similar: la diferencia es que los protagonistas son ingleses y cuando estos soldados retornen a su país serán juzgados, demostrando que el sistema funciona.

Diametralmente opuesta es la propuesta de Iraq: Valle de lobos (Kurtlar Vadisi, Sedar Akar, 2003), la película turka que reconstruye los abusos del ejercito estadounidense cometidos contra soldados turkos, confundidos con insurgentes, hecho que devino en violaciones perpetradas en Abu Ghraib, la cárcel que se haría famosa por los abusos que se ejecutaron ahí.

No todos son soldados: hay conflictos de padres que lloran a sus hijos como ocurre En el valle de Elah (Paul Haggis, 2008,) comprendiendo que la invasión a Irak contiene un entramado complejo de intereses. La misma resolución tienen los protagonistas de Regreso al infierno (Irwin Winkler, 2006), que no pueden adaptarse a su sociedad que ha sido engañada en una campaña bélica que no tendrá fin, y si lo tiene no será victorioso.

En definitiva es un conflicto que molesta, tanto que la proliferación de films sobre Irak intentan humanizar a los invasores y siempre, por extraño que parezca, tienen una dosis de denuncia sobre el engaño que hizo que miles de jóvenes estén en Irak, o la certeza de que esa campaña está perdida, e incluso de que todo fue por petróleo. Algunos síntomas de que Hollywood, en esta década pasada, se politizo más que nunca

Irak. Contraplano

El correspondiente contraplano iraqui es disperso, desde películas cuya intención son las salas comerciales, hasta la proliferación de registros difundidos en portales de Internet.

Las Tortugas tambien vuelan (Bahman Ghobadi, 2004) retrata la vida en el Kurdistán a la espera de la invasión estadounidense que supondría el derrocamiento de Sadam y la posterior liberación. Sin embargo, cuando el ejercito libertador llega no pasa nada. Similar tratamiento sombrío tiene Ahlaam (Mohamed Al Daradji, 2005), que registra durante tres meses la vida de tres personas en Bagdad; sumidas en el infierno que se ha convertido su cotidianidad, sólo intentan vivir; lo sobrecogedor de este filme es que al final, mientas pasan los créditos, se nos informa sobre la fecha y circunstancia en que fueron asesinados a bala los protagonistas de la coalición invasora.

El contraplano del país ocupado en términos de producción cinematográfica es casi inexistente, el registro de sus imágenes tiene otra intencionalidad (la televisión y el Internet) para lograr lo que la insurgencia tiene como su primera gran victoria: inclinar el estado de opinión mundial a su favor.

 

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