Edición Nº 17

La Revista

Cuarto Oscuro

Perdidos entre la realidad, la ficción y el reality show: acerca de dos documentales españoles

 

Autor: Rocio Ágreda

Comencemos haciendo un par de precisiones periféricas pero necesarias: el documental no es necesariamente un género aburrido y la diversión no es necesariamente un valor per se; sin embargo -acostumbrados como estamos al vértigo del cine actual- exigimos del cine una experiencia paroxística de principio a fin, cuotas que en el documental están sistemáticamente dosificadas, paroxismo que apenas podemos entrever de una forma discreta, en una voz que se quiebra o en un rostro que nos revela por una fracción de segundo no una verdad categórica sino la inminencia de un saber inapresable, casi indigerible, su verdad oscura, sibilina.

Tengo la impresión de que el documental está un poquito más obsesionado con un efecto de realidad que otros géneros audiovisuales. Detrás de su juego de puzzle de reconstruir un pasado abolido a cuya comprensión estamos negados o bien una contemporaneidad que se nos escapa, hay acaso una necesidad de comprender paradójicamente que ciertos hechos escapan al orden racional, que son lo que está precisamente fuera de la comprensión, que llegamos a entrever desde los umbrales de nuestras propias circunstancias. En el caso del documental Más allá de la alambrada de Pau Vergara, se trata de enfrentarnos al orden de lo inhumano y poner en escena las contradicciones de la experiencia y la rememoración atroz de subjetividades que se hallan truncadas, todavía, siempre, detrás de la alambrada de los campos de exterminio de Mauthausen, donde miles de republicanos españoles fueron deportados y asesinados, entre 1939 y 1945. En este documental, nos enfrentarnos de una forma oblicua a ese darwinismo del sentimiento de culpa expresado en las palabras brutales de Primo Levi: los que sobrevivimos somos los peores.

Al documental le es muy difícil renunciar a un compromiso tácito con "los hechos del mundo" como diría Wittgenstein. Sin embargo, en la contemporaneidad, el reto del documental estaría más bien en jugar con los recursos del filme como tal, olvidar la representación y hacer explícita su profunda ficcionalidad, puesto que sus condiciones de representación están supeditadas a una selección rigurosa, a un re-cuento, a un raconto, a un cuento, a un orden ficcional de la narración.

Todos los elementos en el documental son estrategias que van a crear una atmósfera de realidad. Si hablamos de realidad, el documental es su mayor pretendiente en las artes visuales. Si el documental por sí mismo ya es un género complejo, esta complejidad se agudiza si pensamos en el documental etnográfico: representar al otro tiene que ver siempre con una impostura, pensar en el otro -aunque sea el otro próximo- es ya mirar de reojo a un gran otro.

Ahí, somos asaltados por una intuición de la arbitrariedad de sus condiciones culturales y, si llegamos más allá del espejo, también cuestionaremos la necesidad de nuestro yo como sujetos culturales. En qué nos diferenciamos del musulmán? Somos más libres en occidente? A estas preguntas nos enfrenta este juego de suplantaciones del documental español César y Zaín de Larry Levene, que presenta la historia del encuentro de un indio y un madrileño en una sala virtual de ajedrez. Si reducimos las subjetividades a una variable, a una ficha, a un peón y lo ponemos en un sistema distinto, a lo sumo constataremos la arbitrariedad de los sistemas, que para ser radicales diríamos que se reducen a los juegos del lenguaje. La pregunta es: dentro de qué sistema de signos estás jugando?

Así, conocer al otro detrás del "otro conocido" es el leit motiv de César y Zaín. Jugando con los recursos de la televisión de la era del reality show, quizá no de forma muy original frente a planteamientos ya explorados por la televisión, se realiza ese juego de intercambios, usando recursos del documental contemporáneo donde el testimonio del documental clásico da lugar a una puesta en escena de la realidad y donde se hace explícito el carácter ficcional presentando la realidad como un show. No se busca una experiencia total y verdadera del otro, a lo sumo se busca un desfase de saber cómo la cultura no es otra cosa que un juego simbólico.

 

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