Edición Nº 16

La Revista

Descartes

Comentarios sobre la edición audiovisual de La aventura del cine boliviano de Carlos Mesa

 

Autor: Sebastián Morales Escoffier

La historia del cine: texto e imagen.

Hay muy poca bibliografía que se dedique a analizar, o al menos divulgar, el cine boliviano. Esta es una realidad aun cuando en los últimos años (sólo en estos  meses se publicaron dos libros) haya habido un crecimiento significativo en este campo. Libros de historia del cine en Bolivia sólo existen tres que de alguna forma recorren, de manera más o menos fidedigna, los recovecos de nuestro cine: Historia del cine en Bolivia (1982) de Alfonso Gumucio Dagrón, La aventura del cine boliviano (1985)  de Carlos Mesa y El cine de la nación clandestina (2009) de Santiago Espinoza y Andrés laguna.

Pero los textos no son la única fuente de información posible. Al menos así nos lo planeta Carlos Mesa al reeditar su libro La aventura del cine boliviano en un formato audiovisual.  Este cambio de soporte, sin duda, tiene tantas características positivas (más allá del hecho de que un formato video tiene la posibilidad de llegar a más personas que un libro) como negativas en la búsqueda de recrear la historia de nuestras imágenes

Una de las grandes dificultades a la hora de comentar una película o la característica de un film, pasa en el momento en que el crítico tiene que describir la escena. Como bien señala Jaques Aumont, la lógica de la escritura y la del cine son diferentes: mientras que una es de tipo lineal (es decir, tengo que poner una palabra después de la otra) en el segundo puede pasar una infinidad de cosas en el mismo instante y podemos, como espectadores entenderlas. Es decir, en el momento en que se describe una secuencia,  por ejemplo,  (cosa absolutamente necesaria en el comentario crítico) se comete una traición, empobreciendo todas las potencialidades del film.

Esto se convierte en una dificultad enorme cuando se considera que este empobrecimiento necesario es una cuestión totalmente arbitraria. No se puede poner todo lo que pasa en una imagen en palabras; y el crítico/historiador debe decidir que poner y qué no. Cuando se trata de conservar la memoria  del las imágenes (objetivo de cualquier libro de historia), se guarda también la memoria de las imágenes  del historiador.

Esta es una gran ventaja al contar la historia del cine en imágenes: no hay traducción, no hay la posibilidad de un empobrecimiento arbitrario. El historiador muestra las imágenes en vez de describirlas. Suponiendo el temible caso en donde las imágenes originales se pierdan por x o z motivo, un futuro investigador del cine, puede siempre recurrir a una historia del cine en formato  audiovisual para encontrar, al menos de forma recortada, pequeñas secuencias que le permitan discernir - a grandes rasgos - las estéticas de las películas, sin tener que preocuparse realmente por la arbitrariedad del historiador.

Por supuesto que es inevitable un recorte arbitrario cuando se hace una historia de cualquier tipo: a fin de cuentas no se puede poner todo  lo que sucedió en un libro, y mucho menos en un formato audiovisual que tiene que lidiar con el enorme problema del tiempo. Sin embargo, es sin duda una gran ventaja para el investigador no tener que imaginar las secuencias descritas y poder  verlas.  En este formato, además,  queda todavía un resabio de los sentimientos y emociones que pretendía transmitir la película.

Muy probablemente sea el tema del tiempo el mayor inconveniente al hacer este tipo de ensayos en un formato audiovisual: se tiene un máximo de 2 horas (para seguir entrando en un cine comercial) para poder comentar un poco más de un siglo de historia del cine en Bolivia.  La consecuencia inmediata es clara: falta de profundidad, una imposibilidad de hacer un verdadero análisis de lo que fue el cine en Bolivia, quedarse en simples guiños: hacer un mero recuento a partir de las imágenes de lo que fue la cinematografía en el país. Esto es a la vez muy positivo para el gran público, el cual no piensa profundizar sobre el tema y prefiere ver algo fácil y digerible.

Los aportes de Mesa en su historia del cine boliviano

Por supuesto, el aporte más importante de Carlos Mesa a la hora de hacer este pequeño documental es el de actualizar la información sobre el cine boliviano. Recordemos que la primera edición de La aventura del cine boliviano y la Historia del cine en Bolivia de Gumucio Dagrón datan varias décadas atrás. Si consideramos que el cine tiene apenas un siglo de existencia, el vacío existente en la bibliografía es simplemente inaceptable. Si bien El cine de la nación clandestina de Laguna y Espinoza busca llenar este espacio de forma crítica en un muy buen ensayo, hay que considerar que desde los años 80 hubo una gran proliferación de películas, las cuales no pueden ser revisadas  por un solo  autor y mucho menos entrar en  un trabajo. Por eso es  necesario hacer varias versiones de la historia del cine  de los últimos años, que se complementen e interpreten  el recorrido de las imágenes en Bolivia desde diferentes ángulos, tomando en cuenta otras corrientes, otros directores, etc. En este sentido, el trabajo de Mesa, aún cuando sea un mero recuento, es muy importante para un cine donde la investigación resulta ser muy incipiente.

El segundo gran aporte de este pequeño video dividido en dos partes, es la relativa importancia que el autor da a los cortometrajes. El director de cine no es una especie de iluminado que tiene una enorme capacidad de concebir de buenas a primeras un largometraje regular. El cineasta debe experimentar, cometer grandes errores, encontrar pequeños aciertos que definan su carácter (y el de su producto) como realizador. Este trabajo intenso de auto-conocimiento no se hace en el largometraje, sino más bien en formatos de duración menor. Es por eso importante considerar los cortometrajes  a la hora de hacer una historia del cine más o menos completa. Es ahí donde se encuentra el génesis del creador, no como un iluminado, sino simplemente como una persona de mucho empeño.  El trabajo del crítico por tanto, debe comenzar en estas primeras bases. Como guiño propio y llevando las aguas a otro lado es importante reconocer que esta es una de las intenciones de la revista digital Cinemascine.net cuando lanza su convocatoria para el Catálogo y Archivo de Cortometrajes “Bolivia en corto” haciendo un esfuerzo por aglutinar los cortos realizados en los últimos diez años (2000-2009). Es imperioso conocer los primeros trabajos de futuros realizadores, conocerlos desde sus primeros pasos.

Volvamos al documental de Carlos Mesa, además de dar un relativo espacio para comentar la producción de los cortometrajes este trabajo hace una escueta mención a películas hasta hoy ignoradas: se trata del  cine underground  (alteño), el cual  no llega a las salas comerciales, pero que sin embargo son éxitos de taquilla en la piratería. Es decir, el productor se contacta con un pirata para que venda su película al precio establecido por este tipo de negocios, vemos que al contrario de lo que piensa mucha gente que trabaja en el ámbito del cine, la piratería más que “matar al cine” puede dar un empujoncito a productos que no tienen cabida (y que no la quieren tener) en salas de cine comercial. Sin emabrgo,el apunte que hace Mesa es muy pequeño, considerando la enorme cantidad de este tipo de obras. Sin duda, la manera de producción y distribución de estos filmes,  puede dar pie a un interesante estudio ya sea antropológico, sociológico o cinematográfico. Trabajo teórico que queda todavía pendiente.

 En este apartado, finalmente, quiero hacer mención a algo que en el trabajo de Mesa resulta muy molesto, que sin embargo es tara de una gran parte de críticos de arte en general. Es la pretensión de ser juez y parte: si bien es innegable que Mesa, más  como gestor cultural, que como realizador, hizo un gran aporte al cine nacional, esto no resulta tan obvio cuando se ponen en consideración sus obras audiovisuales.  Muy pocos historiadores pensarían que la obra audiovisual de Mesa  puede llegar a ser verdaderamente trascendental en el desarrollo del cine en Bolivia, y estoy seguro que muchos de ellos omitirían su nombre.  Y sin embargo, en La aventura del cine boliviano el propio autor aparece mencionado varias veces. Este es el peligro que se corre cuando se pretende ser al mismo tiempo artista y critico de arte: dar un valor exagerado a las propias producciones y a la de los colegas más cercanos. Si en el trabajo de crítico de arte es muy complicado tener un mínimo de objetividad , bajo las condiciones aquí descritas se hace imposible.

La historia del cine en Bolivia, según Carlos Mesa.

Analicemos, para finalizar, la forma en que Carlos Mesa concibe el desarrollo del cine nacional.

Tal vez la idea más interesante propuesta  es la de plantear que el cine boliviano nos ha permitido vernos a nosotros mismos. Fácilmente  podemos entender este “vernos a nosotros mismos” como una búsqueda constante  de identidad.  Esta característica que encuentra Mesa, de alguna forma se ha perdido en varias de las producciones audiovisuales actuales del cine Boliviano. Es necesario volver a re-tomar esta búsqueda infinita.

La búsqueda de una identidad no se refiere a una indagación a partir de la imagen de tipo político, antropológico o sociológico, sino simplemente un intento de reflexionar el cómo somos, tanto como individuos o sociedad. Una búsqueda sobre la identidad, es en realidad una búsqueda de originalidad (lo que no quiere decir inventar la pólvora), ya sea estética o conceptual. Una exploración de este tipo tiene que ver con una seria reflexión, experimentaciones, fracasos y aciertos, es una búsqueda tanto teórica (y por consiguiente existe la necesidad de la crítica en Bolivia) como práctica (de ahí viene la importancia de darle un merecido reconocimiento al cortometraje).

Mesa propone que la historia del cine Boliviano es una especie de aventura. Sin duda los pioneros y soñadores cineastas que filmaron emotivas películas pueden ser considerados como grandes aventureros que pudieron sacar a la luz su trabajo contra viento y marea. Pero fueron mucho más que eso: fueron gente comprometida con la imagen; más que “hacer una película”, se intentaba proponer algo, se  buscaba una identidad. Es por esto que el cine boliviano del siglo pasado aún sin tener grandes instituciones que lo fomentaran era realmente bueno.

Así pues, más que una aventura, el cine Boliviano es una búsqueda absolutamente reflexiva, un “vernos a nosotros mismos”. Sin embargo, con la llegada del nuevo siglo, parece que esta indagación casi patriótica va perdiendo sentido, remplazando “la aventura reflexiva del cine” por una especie de glamur falso,  ya no se  intenta hacer una película inteligente, sino simplemente una película. Ser cineasta se ha convertido es un especie de status privilegiado. Este cambio de mentalidad, ciertamente le ha hecho mucho daño al cine boliviano. 

 

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