Edición Nº 21

La Revista

Descartes

El cine y los asesinos en serie: Peeping Tom, el asesino artista

 

Autor: Pedro Brusiloff

 

 

Todo había terminado, pero yo insistía en que no tenía por qué ser así.  Podíamos comprar otro vodka e ir a la casa de G. Envalentonado, exhorté a mis amigos con elocuentes palabras: “Hay que continuar, pues”.  Persuadidos por mi discurso, o predispuestos por el alcohol, G, X y yo emprendimos el camino, despidiéndonos de todos los demás. “¡Oh! Impenitente en tus aberraciones, ¿no ves que tus amigos parten ya al hogar, dispuestos a cumplir sus obligaciones, a realizar sus trámites,  a ser laboriosos y consecuentes?”  “¡Ay!, si lo veo, y por eso mismo he decidido seguir chupando, impertinente en  tus solemnes comentarios” le decía a mi conciencia mientras entraba a la casa de G. Desesperado por un cigarrillo, le pregunté  si tenía alguno. Me dijo que buscara en el cajón de su mesa de noche y que, por si acaso, no me asustara “si encontraba cosas raras”  Lo primero que encontré fue un par de  barbijos. Me puse uno, mientras seguía buscando. Luego, encontré un gran mechón de cabello “Oye G, ¿de quién es este mechón de cabello?” “Me lo ha regalado  mi ñata, carajo, qué buena esta porno”  “Ah, se deben llevar bien, oye G,  ¿por qué tienes tantos carnets y licencias de conducir?”  “Es mi colección” “¿Coleccionas carnets, de cómo tienes tantos?” Pronto sentí que le estaba preguntando “¿Por qué tienes las orejas tan grandes?, ¿Por qué tienes los dientes tan filosos?”  Hasta ese momento no había reparado en   otra colección, la de cuchillos, que lucía en su  velador. “Puta, qué buena esta porno carajo” Fue entonces cuando lo supe todo. “Este tipo ve mucha pornografía, colecciona carnets de identidad y cuchillos, tiene barbijos y mechones de cabello, ¿debo encontrar un cadáver  decapitado para darme cuenta? G es un asesino, un brutal asesino en serie, tal vez  cogotero”  Me paré nerviosamente, di vueltas alrededor del cuarto y pedí que me llamaran un taxi  “¿Llamo un taxi?” “No, mejor no llames a nadie, mejor me voy solo”  Abandoné la casa junto a X, con los nervios francamente crispados. Según recuerdo, aunque esto no es seguro, los perros aullaban lastimeramente y la luna se arropaba entre nubes sanguinolentas, como una novia asesinada (asesinada por G) 

Al día siguiente,  supe que G había comprado los carnets en la feria 16 de julio y que muchos de ellos eran copias escaneadas con nombres como “Adolfo Hitler Hernández” Su novia, con quien tenía una larga relación, estudiaba medicina. “¡Oh!, impenitente en tus abominables costumbres, ¿no te hubieras evitado ese susto si te ibas a tu casa?”  Probablemente, pero  tampoco habría aprendido una valiosa lección; es frente a la posibilidad de la muerte, aunque en mi caso no se trate más que de una mezcla desafortunada de sustancias y circunstancias, donde el ser humano revela lo chato de su   condición moral, es en esa cobarde y egoísta costumbre de aferrarse a la vida, que el  hombre se encuentra con su aspecto más paupérrimo y ridículo. Por eso De Quincey, en su obra El asesinato considerado como una de las bellas artes, ante un asesinato, prefiere enfocar su atención en las delicadezas y sutilezas del asesino, y no en la miseria de la víctima frente al pánico de la muerte.  “Y sin embargo, impenitente pecador,  ¿Las sutilezas y delicadezas del asesino, no pueden residir en la exposición de esa miseria? ¿No es lo que sucede, por ejemplo, con Mark, personaje de la película Peeping Tom?, ¿por qué, en vez de narrar absurdas anécdotas, no le hablas de eso al lector?” Bueno,  es posible que, por primera vez,  tengas razón, ¡Oh! impertinente voz. 

 

Amable lector, la película Peeping Tom (Michael Powell, 1960) narra la historia de un fotógrafo, pornógrafo y voyerista británico cuyo deseo más compulsivo es fotografiar a sus víctimas mientras las asesina. Mark quiere  capturar la imagen absoluta del miedo.  La película significó la ruina de la carrera de Powell, lo críticos de su tiempo  la tildaron de  inmoral y obscena. Solamente fue revalorizada cuando Scorsese emprendió una intensa campaña para que se le otorgara  el sitio que le correspondía. Hoy en día, Peeping Tom es considerada un clásico del cine. ¿No suena esto a chiste, a los vaivenes  de valoraciones demasiado extremistas? Posiblemente Peeping Tom sea sólo una buena película. En fin, el film de Powell busca provocar un sentimiento empático entre el espectador y el asesino, la primera escena de la película es vista a través de la cámara de Mark, cuando éste comete su primer crimen. Sin duda, la realización problematiza el acto mismo de ver y dirigir una película, algo así como lo que se pretende en la reciente producción boliviana Casting (Denisee Arancibia, Juan Pablo Richter, 2010) el espectador, a través de la cámara, se convierte en un cómplice del asesino, y por ende, de la realización. En la película boliviana, la complicidad también tiene que ver con otra transgresión: la de hacer cine en un medio aparentemente hostil.  En Peeping Tom, al acto de visionar la película se convierte en una elaboración algo morbosa del deseo del espectador, del placer de ver.  El film también se distingue por un particular uso de los colores (fue la primera realización de Powell en Technicolor)  y por un atractivo juego de luces y sombras.  La película  también posee un sentido del humor que provoca nuestra risa en los momentos más dramáticos.  Es célebre la escena en que, en el estudio donde Mark trabaja, se ensaya un sketch cómico. La actriz  le pide al vendedor de una tienda un baúl rojo, el vendedor se lo lleva con grandes esfuerzos, luego un baúl azul y uno blanco, finalmente, la actriz abre el baúl blanco y encuentra el cuerpo degollado de una de las víctimas de Mark. La actriz se desmaya. Semanas después, se ensaya la misma escena, esta vez con sombreros.  Eso es lo que, a grandes rasgos, puede decirse de la película.

Sin embargo, lo fundamental en este artículo es, como planteé en la anterior parte, buscar al asesino artista ¿Puede considerarse al fotógrafo Mark  un asesino artista?  La primera objeción a una respuesta afirmativa surge cuando pensamos que Mark no hace más que reproducir un trauma infantil. Durante su infancia, Mark era utilizado como conejillo de indias de los experimentos de su padre, un científico obsesionado por descubrir las causas fisiológicas del miedo. En cierta medida, el  trauma reduciría todas las  motivaciones de Mark a  las relaciones conflictivas que tenía  con su padre, no existiría ningún grado de soberanía ni de complejidad en el personaje. Sin embargo,  la película nos muestra a un protagonista  mucho más complejo. Cuando Mark se enamora de su vecina , se niega a fotografiarla porque “Sólo puede fotografiar aquello que va a  perder” Entonces, Mark ve la fotografía como una afirmación de la pérdida, como una entrega a lo que nos sobrepasa, como una violencia que hace palpable lo que desborda nuestra frágil condición , pero lo hace asumiendo la miseria y la falta.  Así, aquello que sobrepasa la seguridad de nuestra existencia aislada, sólo puede desplegarse en la intensidad de la miseria, en el momento anterior al despojo definitivo. El universo queda cuestionado y ampliado por una imagen de la ausencia. El personaje no sólo buscaría la imagen del miedo, sino  la del don creativo que se forja en el despojo.  

Al escribir sobre la poesía de Baudelaire, Bataille define el  periplo del poeta como una búsqueda de lo imposible, como el intento de unir la conciencia del sujeto con el objeto que pretende aprehender. El objeto se presenta como  una imagen pasada, como un recuerdo melancólico que se pretende fijar y petrificar. Sin embargo, esta visión, que en principio  parece remitirnos a un pasado absoluto,  resulta ser mucho más compleja. El pasado no es una  instancia anterior de cierto transcurso sucesivo, sino una imagen cuya evocación niega el futuro en beneficio de un presente radical: 

 

"El sentido del objeto en la participación poética tampoco está determinado por el pasado. Únicamente un objeto de memoria, privado tanto de utilidad como de poesía, sería un dato puro del pasado. En la operación poética, el sentido de los objetos de memoria está determinado por su invasión actual del sujeto" (Bataille, La literatura y el mal, pág 65) 

 

Entonces, en el mundo de la poesía, lo pasado definiría  la búsqueda de lo imposible: la imposibilidad de unir la conciencia del sujeto con el objeto al que se dirige en un presente absoluto, capaz de amalgamar todos los tiempos. La violencia de la fotografía opera de manera similar. La  fotografía ejerce una violencia que despoja al sujeto de cualquier sucesión temporal y  transforma su cuerpo en una imagen evocadora de la muerte, de la disolución en  un instante absoluto. Asimismo, la poesía, entendida en su acepción más general, de poiesis, hacer algo,  generar algo, implica la necesidad de un don, de una pérdida; el artista sólo puede  crear a costa de asumir una pérdida inútil y voluntaria. Es posible que Mark no sea un artista propiamente dicho, finalmente nunca vemos su obra, nunca vemos su tan anhelada imagen del miedo, pero indudablemente, el personaje de Peeping Tom pone en escena de  manera explícita y desgarradora, el acto mismo de la creación. La creación como don, como entrega íntima a un deseo que separa al artista del mundo, pero que  desde una sed de infinito, mediante un acto de total desprendimiento (el personaje de la película termina poniendo en escena su propia muerte) reestablece la continuidad entre la vida íntima y el universo. Al fotografiar el último instante de su vida, el personaje abandona su existencia aislada y atormentada, para entregarse libremente a la continuidad de las cosas, pero el gesto visible de esa entrega a lo sagrado (en su acepción materialista) sólo puede ser el de la miseria, el de la falta, el del ser humano que accede a la libertad del acto creativo mediante una exposición de su fragilidad. 

 

 

 

 

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