Edición Nº 17

La Revista

Descartes

María Bonita

 

Autor: Claudio Sánchez

 

“Tanta y tan intensa es su hermosura, que duele” dicen que dijo Jean Cocteau cuando la conoció. María Félix La Doña es un símbolo de La edad de oro del cine mexicano, y al ser esto así, también es justo reconocer que es un rostro inolvidable en la gran pantalla para nosotros, los latinoamericanos.

Nacida en 1914, María Félix comienza su carrera de como actriz en 1942, con la película de Miguel Zacarías El peñón de las ánimas. Es en esta producción que nace el mito, la leyenda; durante el rodaje del film surgiría un conflicto histórico que enfrentaba a dos de las grandes estrellas del séptimo arte: Jorge Negrete y María Félix, empezándose así a forjar la imagen de gran diva mexicana.

La Doña, como popularmente se la conoce, fue bautizada de esta manera luego de que interpretara el rol protagónico en Doña Bárbara (1943), dirigida por Fernando de Fuentes y basada en la novela homónima del escritor venezolano Rómulo Gallegos, quien también participó en la escritura del guión. Volvemos a lo que se dijo entonces: dicen que Gallegos exclamó al conocer a María en un restauran “¡Es ella! ¡Es mi Doña Bárbara!”. Desde este momento ella trabaja con Fernando de Fuentes en otras películas que contribuyen a aumentar su fama y celebridad: La mujer sin alma (1944) y La devoradora (1946). A ella se la llama entonces “vampiresa por excelencia del cine mexicano”. Bajo la dirección de Julio Bracho, se aparta del tipo de papeles que había encarnado, y desde El monje Blanco (1945) consolida una carrera que la llevaría aún más lejos de lo que cualquiera hubiera imaginado.

Hay grandes amores que trascienden el tiempo, y como no podía ser de otra manera María Félix y Agustín Lara fueron una de esas parejas inolvidables del arte popular latinoamericano. Él, un músico imprescindible a la hora de recorrer el cancionero del siglo XX, también compuso la banda sonora para más de diez películas entre 1937 y 1960. Ella, simplemente La Doña, quien años después afirmaría “Yo seré para ti una más en tu vida, pero tú un hombre menos en la mía”. El flaco de oro, como popularmente se conocía a Lara, compuso para La Doña uno de sus temas más famosos, “María Bonita”. Y dice, con voz de bolero: “Amores habrás tenido, muchos amores / María bonita, María del alma”.

El rostro de Agustín Lara está marcado por una gran cicatriz, sin embargo la herida más profunda –podemos especular– fue la separación con María Félix después de 5 años de matrimonio (1943-1948). El rostro de María Félix es la imagen del melodrama mexicano por excelencia, y basta que recordemos – de este mismo periodo– La diosa arrodillada (1947) de Roberto Gavaldón. Al referirse a esta película Silvia Oroz dice: “ejemplifica cabalmente el sentido absoluto que se le otorga a la pasión en occidente, y es un exponente interesantísimo del uso retórico que hace del tema melodrama latinoamericano, generando una forma kitsch propia, esencial a su identidad. El filme narra la fuerte relación de un hombre casado, Arturo de Córdova, con una atrayente mujer, María Félix. La situación de ambos se hace insostenible; entonces el protagonista resuelve asesinar a su esposa, que muere dejando el camino libre para los amantes. Pero la pasión y la culpa tornan imposible la relación; entonces Arturo de Córdova, intenta matar a María Félix, pero no lo logra. Cuando ésta se entera que la esposa murió por muerte natural y no por culpa del hombre, percibe que la felicidad está cerca, pero el protagonista acaba de suicidarse” (Oroz, 1995: 57). Esto nos muestra algo de la figura que el cine hizo de nuestra actriz.

Luego de divorciarse de Agustín Lara, La Doña seguiría un camino distinto. Ella llegaría a cruzar el Atlántico para rodar en Europa, primero en España donde participa en tres films, luego en Italia donde en 1952, bajo la dirección de Carmine Gallone, realiza Mesalina, la película italiana más cara hasta ese momento. Su belleza, su fama, su presencia y algo más la llevaron en 1950 a participar de La Couronne Noire, del director argentino Luis Saslavsky, basado en un argumento de Jean Cocteau.

Si en 1943 María Félix había marcado una profunda distancia con Jorge Negrete, en 1952 ella regresaba a su país para casarse él, con la estrella del cine mexicano. Su matrimonio duró muy poco –ocho meses para ser exactos– luego enviudaría y veríamos renacer a la gran actriz en papeles mucho más arriesgados, pero que sin embargo no lograron tantos éxitos, ni cosecharon aplausos entre su público. Luego de la muerte de Negrete su tercer marido, La Doña regresa a Europa, y ahí continúa con su carrera. En estos años su logro más importante es haber actuado en French Can Can del director Jean Renoir. A pesar de este logro profesional, la actuación suya en la película del francés no alcanzó para que la que hiciera en la trilogía de Emilio el Indio Fernández se opacara. Se trata de Enamorada (1946), Río Escondido (1947) y Maclovia (1948); películas que marcaron la vida de toda una generación y fotogramas que aún perduran en la retina de muchos, con diálogos y miradas que conmueven, haciendo renacer la admiración de un público que aún la aplaude.

En 1955 retorna a México, convertida en mito del séptimo arte. En esta etapa se consolida como una figura que además escoge los papeles que quiere interpretar, los directores con quien quiere trabajar e incluso los co-protagonistas con quien compartir la pantalla. “Ciertamente que la actriz mejor pagada de América Latina fue María Félix, que discutía aguerridamente cada contrato. La convicción en defensa de sus intereses hizo que la mayoría de los críticos e historiadores la llamaran despectivamente machora” (Oroz, 1995: 144). En 1956 estelariza Tizoc junto a Pedro Infante, y a pesar del éxito comercial de la película en la región ella sostiene que no se siente contenta con el resultado. Cuando se acababa la década participa de La Fievre Monte a El Pao (1959) dirigida por Luis Buñuel.

Si bien La Doña trabajó lejos de su natal México, ella siempre se resistió a participar en cintas de Hollywood –a pesar de reiteradas invitaciones de varias productoras y directores– que encandilaba a más de uno. Félix declaró alguna vez: "Me ofrecen papeles de india y las indias las hago en mi país, en el extranjero sólo encarno a reinas". La decisión de no formar parte de las estrellas latinoamericanas en los Estados Unidos, no fue en ningún caso errada, ya que de esta manera ella ganó el respaldo popular de su país y el afecto del público en Europa. Ella argumentaba que el inglés no le gustaba y que tampoco le interesaba aprenderlo.

En los 60, María Félix se aleja de las pantallas, un poco por la realidad del cine mexicano de aquellos años, que se ha visto desplazado por la televisión y su alcance, pero también por las situaciones que ella vive en ese entonces. En 1956, Félix contrae matrimonio con el banquero francés Alexander Beger, una relación que durará 18 años. Las películas más destacadas de La Doña en esta década son Juana Gallo (1961) y Amor y sexo (1963). En 1970 La Doña filma La Generala, una película dirigida por Juan Ibáñez y que es ambientada en los años de la Revolución Mexicana. Este film se inscribe como la última participación de María Félix en la pantalla grande, y desde ese momento ella vive de la imagen que ha desarrollado con los años y agudiza su posición ante la vida como una verdadera diva. Entonces, construye su propio mito desarrollándolo de las maneras más diversas, es capaz de viajar con veinte maletas de las cuales sólo tres están llenas, y el resto es parte de la escenografía que la acompaña ahí donde va.

Desde que María Félix se alejó de la gran pantalla empezó a desarrollar una personalidad que proyectaba más allá de lo que era: fue lo que quiso ser, hizo declaraciones escandalosas y provocadoras, dijo en una entrevista: “Los quise mucho, fueron mis amigos, pero ni Diego ni Frida me parecen pintores. Les falta, les falta.” Esto a pesar de que Rivera le dedicó un retrato al que tituló "a María Reina de los Ángeles Félix, quien millones de gentes admiramos y amamos pero a quien nadie querrá tanto como yo". Félix dejó varias perlas para la historia, dispersas en declaraciones a periodistas o entrevistas. Rescatamos algo más de lo que se dice que dijo cuando le ofrecieron su primer papel: “¿Quién le dijo que yo quiero entrar en el cine? Si me da la gana, lo haré; pero cuando yo quiera, y será por la puerta grande”. La mejor biografía de María Félix la hizo Paco Ignacio Taibo I en 1991 y se titula simplemente La Doña.

Fueron 47 las películas en las que participó, el suyo fue un corazón que latió a 24 por segundo. María cuanto me gustaría decirle yo también la he amado en silencio, desde la butaca sin tiempo, envuelto en el conjuro cinematográfico de siempre.

 

Bibliografia

Durán, Ignacio; Trujillo, Iván, Vera, Mónica (compiladores). México – Estados Unidos Encuentros y desencuentros en el cine. México D.F.: UNAM, Instituto Mexicano de Cinematografía, Consejo Nacional para las Artes y la Cultura, 1996.

Oroz, Silvia. El cine de lágrimas de América Latina. México D.F.: Dirección General de Actividades Cinematográficas UNAM, 1995.

Taibo I, Paco Ignacio. La música de Agustín Lara en el cine. México D.F.: UNAM, 1983.

 

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