Edición Nº 29

La Revista

Tiracables

Ciudadela de Diego Mondaca: entre la libertad y el cautiverio

 

Autor: Sebastian Morales Escoffier

 

Ciudadela, la ópera prima del documentalista boliviano Diego Mondaca, fue presentada en el marco del  IDFA (Festival Internacional de Documentales de Ámsterdam).  En espera de su  estreno en Bolivia, les ofrecemos aquí una pequeña reseña de la película. El film busca experimentar tanto visual como sonoramente con un  espacio muy particular de la cuidad de La Paz: la cárcel de San Pedro. 

Para comprender el primer largometraje de Diego Mondaca es una necesidad inevitable hacer referencia a su trabajo en el corto La chirola. En efecto, Ciudadela y  La chirola  son las caras opuestas de una misma moneda, procesos complementarios en la consolidación del discurso que justamente tiene como punto de partida al cortometraje. 

En La chirola, Mondaca sigue los pasos de un ex convicto, en la intención de demostrar que los límites entre los dos espacios en los que habitaba y habita este personaje no son tan fáciles de discernir. En el cortometraje, el director boliviano busca poner en duda nuestro concepto de libertad o, mejor dicho, intenta mostrar que los límites entre la libertad y el cautiverio no son tan bien definidos como uno podría creer. Si esto es así, entonces a Mondaca le faltaba todavía mostrar la otra cara de la temática: ya no los sentimientos de cautiverio de un hombre libre, sino la cárcel en una faceta inusual: como una pequeña orbe cerrada, como una ciudad inmersa en otra. 

En efecto Mondaca, a partir de una poética de forma  se esfuerza en mostrar la cotidianidad del convicto, su vida en familia, sus pequeños negocios, la fiesta, el partido de fútbol. Además, inserta en su narración, elementos que parecen absolutamente descontextualizados si  pensamos que estamos viendo una cárcel. El mejor ejemplo de esto es tal vez cuando  la cámara de Mondaca sigue a un niño en los recovecos de la prisión de San Pedro, mostrando la inmensidad del lugar. Sin embargo, aún cuando el motivo filmado aparezca en una cotidianidad absoluta, las imágenes del film aparecen con una enorme violencia subyacente, haciendo patente el sentimiento de peligro e inseguridad que sin duda invade a cualquier cárcel. 

Doble movimiento (o tal vez triple) el que realiza Mondaca en su documental: en primer lugar, nos emplaza en una cárcel, en donde, como espectadores,  aspiramos ver lo que normalmente se nos muestra en un establecimiento de este tipo. Pero la cámara intenta por todos los medios posibles  desplazarnos, descontextualizarnos, sólo para volver a recordarnos que estamos dentro de una institución punitiva.  

Es así como el director invierte pero al mismo tiempo complementa formalmente el discurso de La chirola. La cárcel es más que cuatro paredes sustraída del régimen de visibilidad, se extiende en los recovecos de la sociedad, en cada uno de sus miembros. Pero a su vez, el sentimiento de libertad puede surgir de las formas más inéditas, en la vista del techo de la cárcel (Ciudadela) o a partir del amor a los perros (La chirola).

De esto no se deduce que el discurso que nos propone Mondaca sea foucaultiano: el director no hace nada parecido a una ontología del poder o una crítica de las instituciones como nodos de poder. El análisis del documentalista busca revelar simplemente cierta condición humana existencial, busca un acercamiento humano para comprender sus aspiraciones (sus anhelos de libertad) y sus frustraciones (sentimiento de cautiverio). 

 

Más que tener una obsesión por la cárcel (como podría pensarse en un primer momento), Mondaca se interesa por una curiosa antropología filosófica (y hasta una filosofía política) en cuanto intenta emplazar su cámara en esa frontera, en el medio que separa  la libertad del cautiverio en el hombre. Si esto es así, entonces Mondaca  puede emplazar su cámara en cualquier lugar en donde se haga vigente esta (no) frontera. 

Así pues, no es imprescindible para  Mondaca  instalar su cámara en la cárcel (aunque este espacio es ciertamente un lugar privilegiado para exponer el discurso propuesto por el director), sino que más bien y curiosamente, puede operar y mirar los mismos lugares que han interesado y obsesionado a Foucault: el colegio, el manicomio, la clínica. 

El juego de Mondaca es esencialmente espacial; nos invita a mezclar los espacios sin necesidad de desplazarnos temporalmente. Es  a partir de este juego (o más bien invitación a la reflexión) que el director boliviano comienza de a poco a consolidar un discurso, no sólo en su contenido, sino también, como propuesta formal. Mondaca, en los dos trabajos comentados,  muestra las enormes posibilidades discursivas y formales  del documental.

 

 

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