Edición Nº 14

La Revista

Tiracables

Festival Ikeya: Pequeñas sorpresas

 

Autor: Sebastian Morales Escoffier

Pequeña introducción

Hace ya varios años se realiza un festival que, por sus características, ha pasado más o menos inadvertido en la palestra cinematográfica paceña y que, sin embargo, se ha consolidado a través de sus diferentes versiones. Hablo del Festival de cine-video  estudiantil Ikeya (que este año llegó a su décimo primera versión) organizado por el Departamento de Comunicación del Colegio Montessori,  bajo la tuición de  Beatriz Linares junto a la Cinemateca Boliviana. Un esfuerzo al que, por primera vez, se une la revista on-line Cinemas Cine.

Este año, el festival recibió los trabajos de ocho colegios y un total de diez videos: Mi paraíso perdido (Colegio Vida y Verdad), Las venas de Nico (San Ignacio), La mañana después de 1809 (Colesur) El monstruo de la basura y Reflejo (San Calixto), Si me callo me escuchas y Lo terrorífico, lo chistoso y lo triste del agua (Montessori), Más allá de la realidad (Lindenmann) y Los migrantes (San Francisco).  El tema de esta versión del festival era la protección del medio ambiente.

El Ikeya y el trabajo del crítico

¿Por qué dedicarnos a analizar los cortometrajes hechos pos estudiantes del colegio? Habría dos vetas de análisis y por tanto, dos justificaciones diferentes, para emprender un análisis de trabajos que contengan las características que presentan los trabajos del Festival Ikeya 2010, pero sólo uno de ellos  tiene que ver con  la tarea de un crítico cinematográfico.

La primera tiene que ver con un trabajo más bien sociológico o antropológico. El hecho de que los medios de expresión cinematográficos se hayan abaratado y que muchos más podamos acceder a una cámara –sin tener en cuenta otro hecho fundamental, que refiere la época rodeada de imágenes que vivimos–  hace que el  análisis de  las mentalidades colectivas, los anhelos y temores de un grupo social, deban hacerse tomando en consideración las imágenes que un grupo en particular (como el que conforman los jóvenes realizadores del Ikeya) produce. Esto, sobre todo si las imágenes en cuestión están hechas para una exhibición (aunque sea no comercial), es decir, no sólo realizadas por un grupo, sino también destinadas a otro grupo o a la misma colectividad. Así, en el intento de entender las representaciones sociales de los adolecentes, el Festival Ikeya se convierte en un gran caldo de cultivo. 

Sin embargo, como anticipábamos, nuestra tarea es otra y tiene que ver más con el hecho cinematográfico en sí, con la forma de hacer cine y sus posibles consecuencias. En esta vía, se indaga, por ejemplo, en la posibilidad de encontrar estéticas paralelas a las que se muestran en los cines comerciales, la influencia de las nuevas tecnologías en estos productos alternos o la necesidad de examinar las maneras en las que vamos a producir. El desarrollo de esta vía puede darnos pautas directa o indirectamente para la conformación de otro tipo de cine.

En el libro En la intimidad de una butaca: los espectadores y sus hábitos de consumo, Pablo Ponce asegura que el 41% de los espectadores de cine tienen entre 14 y 18 años (2009). Más adelante, el autor constata que en Bolivia hay un divorcio entre la demanda cinematográfica y la oferta. Sobre este aspecto, Marcos Loayza afirma: “cuesta tanto hacer una película que, al final, los directores hacen la película que quieren. Todavía no se toma en cuenta la composición de las audiencias, por suerte, sino estaríamos haciendo películas horrendas para adolecentes” (Ponce: pg. 122, 2009)

La posición de Loayza es ciertamente autentica y la advertencia implícita es por supuesto muy válida:  hemos sido testigos de la aparición de varios productos cinematográficos bolivianos realizados con fines meramente comerciales (suponemos dirigidos a un grupo entre 14 y 18 años), y con una calidad tanto artística como técnica muy discutible. Sin embargo, Loayza parte por una sub-valoración del público mayoritario. Es ahí que un análisis sobre el Ikeya puede llegar a ser tan fructífero, dándonos unos pequeños indicios mínimos pero que a la larga pueden llegar a ser muy enriquecedores. En primer lugar, podemos encontrar pequeñas pistas para saber  si efectivamente a este grupo le interesa algún otro tipo de cine más allá de lo  que Loayza bautiza como  “horribles películas para adolecentes” y, en segundo lugar, muy relacionado con el primero, analizar si los adolecentes hacen algún tipo de indagación formal interesante cuando filman.

Reflejo y Lo terrorífico, lo chistoso y lo triste del agua: Pequeños indicios

Para esto, voy a detenerme arbitrariamente en dos trabajos muy atrayentes del Festival Ikeya 2010: Lo terrorífico, Lo chistoso y lo triste del agua, realizado por el colegio Montessori bajo la dirección de Nacho Ortiz y Reflejos producido por el colegio San Calixto y dirigido por Violeta Melgarejo.

Lo terrorífico, lo chistoso y lo triste del agua, video ganador de seis premios en el Festival, cuenta la pf_contenido de un pepino que decide seguir jugando con agua después de Carnavales. Persigue a la gente para mojarla y, naturalmente, esto causa varios y jocosos problemas que sólo  terminan cuando el alcalde decide poner un alto a las travesuras del pepino. Lo interesante (y sorprendente) de la propuesta es el manejo y comprensión exacta de los diferentes códigos de género. No sólo de la comedia, sino también de otros géneros clásicos como el western o el suspense. No se trata de mera copia o simple parodia de grandes películas  (que van desde El bueno, el malo y el feo, pasando por Psicosis, Kill Bill y  varias referencias al manga japonés), sino de la comprensión de la utilización de cada código (desde los encuadres hasta los  ritmos propios de cada género parodiado) para lograr infinidad de emociones, según sea el caso.

La segunda cosa interesante que hay que recalcar del trabajo de los jóvenes del Colegio Montessori es el haber encontrado un relativo buen equilibrio entre los usos y costumbres de los paceños y las referencias a lo que se podría llamar una “cultura global”. En efecto, este pequeño video sólo podía haber sido filmado  en  La Paz y es dirigido a paceños; sin embargo, con todas las referencias a varias películas conocidas por todos, logra saltar de manera fabulosa los límites de la cuidad. 

Así, vemos que en este primer film no sólo hay la intención de construir una forma de hacer cine, que pueda equilibrar lo tradicional y lo moderno como dos aspectos contradictorios y que, sin embargo, nos identifican como ciudadanos del tercer mundo, sino que también se nota en este grupo una comprensión del lenguaje cinematográfico verdaderamente sorprendente. Hay un tercer aspecto muy interesante en este film: ha sido realizado  por jóvenes que cursan el octavo grado  de primaria, es decir, menores de 15 años.

El otro trabajo al que hay que dedicarle una atención también muy especial, es el realizado por el colegio San Calixto, Reflejo, ganador de los premios a Mejor Fotografía, Mejor Edición y Mejor Dirección.  Narra la pf_contenido de  Alina que, preocupada por la escasez del agua en la cuidad, decide mandar un proyecto a la alcaldía para revertir la situación, proyecto que termina siendo rechazado. La apuesta de este film no está necesariamente en el guión, sino más bien en la propuesta visual de la directora. La estética del cortometraje es ciertamente deudora del video-clip,  hay una construcción  sonora que de alguna  forma lleva  hacia delante las acciones del film, además del uso  de un montaje más o menos no- lineal, la utilización  de pantallas divididas y la elección de no usar la palabra hablada en toda la película.  Esta propuesta se complementa con la decisión de fragmentar los cuerpos de los personajes. En efecto, el film utiliza muchos planos detalles de cuerpos, hasta el punto que jamás llegamos a ver el rostro de nuestra protagonista. Ciertamente, hay la intención, durante todo el metraje, de buscar una connotación en las imágenes.  La propuesta estética de este cortometraje es sin duda muy arriesgado, si consideramos (o más bien suponemos) que este trabajo es una de las primeras experiencias en la realización audiovisual de este grupo de jóvenes.  Sin embargo, la propuesta visual y sonora y el tema abordado en Reflejo  se complementan de tal forma que ni el uno ni el otro desentonan. Como en el caso anterior, vemos  no sólo una comprensión bastante exacta de lo que es el lenguaje cinematográfico, sino que también hay un intento siempre bienvenido de proponer nuevas formas de hacer cine.

Pequeñas conclusiones

Es verdad que el análisis de dos de los cortometrajes más sobresalientes del Festival de este año no es suficiente para extraer conclusiones más o menos veraces. Sin embargo, si bien los otros filmes, en mi opinión,  no tienen un lenguaje tan elaborado como Reflejo o Lo terrorífico, lo chistoso y lo feo del agua, todos muestran un buen  manejo de los elementos cinematográficos y una intención de elaborar una propia y legitima forma para contar pf_contenidos y expresar ideas. Aquí hay que hacer notar que, con excepción del Colegio Montessori, las instituciones educativas no tienen un taller audiovisual, por tanto, todos estos pequeños logros y descubrimientos hechos por los participantes en el Ikeya, fueron hechos de manera más o menos intuitiva.

La advertencia que nos hacia Loayza es ciertamente muy importante y es imposible no tomarla en cuenta en el momento de buscar un equilibrio entre lo comercial y lo artístico. Sin embargo, vemos que en  el grupo de espectadores mayoritarios, tal vez hayan ciertas  aspiraciones artísticas y la comprensión de un lenguaje cinematográfico muy avanzado que habría que tomar en cuenta a la hora de elaborar un film dirigido a este grupo. Esta primera conclusión hay que tomarla con  pinzas, puesto que el corpus analizado (el Festival Ikeya de este año) es muy pequeño en relación a la población adolecente. Las próximas versiones del Ikeya harán más o menos factible la hipótesis que por el momento lanzamos al aire.

En la era de lo digital, el trabajo del crítico se parece un poco al de un detective que debe seguir pistas e indicios que le permitan encontrar nuevas ideas,  nuevos imaginarios y nuevas formas de hacer cine. Es por eso que es importante detenernos en una producción que a primera vista parecer ser intrascendente, adentrarnos con las herramientas analíticas ya sea de la  antropología o las que pertenecen al  quehacer crítico, para descubrir pequeños gérmenes y grandes sorpresas.

Realmente hay que aplaudir un esfuerzo tan grande como el que realiza el colegio Montessori cada año para traernos el Festival Ikeya. En primer lugar, porque es el único momento en que podemos ver documentos de tan incalculable valor, tanto para el campo antropológico como para el trabajo de la crítica cinematográfica. Segundo, porque  invita a los jóvenes a hacer un trabajo que muy a la larga puede tener sus frutos en la palestra cinematográfica boliviana. Y, finalmente, porque indirectamente se crean (o se descubren) públicos para un cine diferente.

Para terminar,  no queda más que felicitar a los participantes del Ikeya, por su esfuerzo y su dedicación. Simplemente, por hacer un trabajo realmente extraordinario.

 

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