Edición Nº 13

La Revista

Tiracables

La crítica de cine en Cochabamba: los &uquest;ltimos 10 años

 

Autor: Santiago Espinoza A.

Cuando se me pide repasar la crítica de cine "made in Cochabamba", no puedo si no remitirme a lo que se ha hecho en este campo en la última década. Desde luego, sería descabellado pensar que el bagaje de la crítica en Cochabamba se reduce a lo que se ha producido en los últimos 10 años, pero no menos insensato sería embarcarme en la descripción y narración de un período anterior a la última década, el cual desconozco, al menos, en cuanto al ejercicio crítico se refiere.

Hecha esta necesaria aclaración, remontémonos a principios del nuevo milenio en Cochabamba, cuando los ecos de "La Guerra del Agua" aún reverberaban en la vida cotidiana de esta ciudad. Vista con ojo cinéfilo, Cochabamba ingresaba a la nueva década con apenas un puñado de salas de exhibición comerciales (hoy sólo una de ellas viva), aprestándose a vivir los últimos años del videoclub y chapoteando en –el recién "descubierto" – internet para saciar su voracidad de conocimiento en torno al mundo del cine.

Entonces, los únicos espacios mediáticos dedicados a hablar y pensar el cine eran los que publicaba, con relativa regularidad, el diario Los Tiempos en su suplemento cultural de domingo. Dos nombres se me vienen a la mente: el de Orlando Mercado (hoy ya, sensiblemente, desaparecido), con sus reseñas sobre las cintas programadas en el entrañable ciclo del Cine Club "Lunes de Película", abocado a obras de corte clásico; y el de Rodrigo Antezana, con sus comentarios sobre filmes comerciales estrenados en las salas locales. Ya entrada la nueva década, el periódico quincenal Mal Bicho -gestado en las aulas de la carrera de Comunicación de la Universidad Católica Boliviana- fue otro espacio que abrió sus páginas a contribuciones sobre cine, con textos muy deudores del oficio crítico de Pedro Susz en el semanario Pulso y de la irreverencia política de El Juguete Rabioso –dos medios que marcaron a fuego a toda una generación de futuros periodistas. (De esa época data la leyenda del primer encuentro entre Rodrigo Bellott y Juan Cristóbal Ríos, en el que el director cruceño de la recién estrenada Dependencia sexual le recomendó a su futuro guionista –en ¿Quién mató a la llamita blanca?– leer una pila de libros "serios" para que interpretara con mayor sapiencia su opera prima, sobre la cual Ríos había publicado un comentario en las páginas de Mal Bicho.

Este medio fue también importante porque en sus páginas coincidieron varias de las firmas que luego saltarían a los principales diarios de la ciudad para escribir sobre cine y otras expresiones artísticas. Nombres como los de Omar Sánchez, Marta Romero y Santiago Espinoza se hicieron, al poco tiempo, frecuentes en las secciones culturales de Los Tiempos y Opinión, con escritos que hacían escarnio de los contados estrenos nacionales (Margaritas negras, Esito sería) o polemizaban sobre el cine comercial. Paralelamente, Andrés Laguna y Sergio de la Zerda colaban textos suyos sobre cine nacional e internacional en el diario Opinión.

Sin embargo, hubo que esperar hasta el año 2005 para que uno de los principales diarios de la ciudad, Opinión, se la jugara por un suplemento cultural regular, serio, renovador e incendiario, cuyos miembros darían rienda suelta a una cinefilia desbocada que se traduciría en críticas, entrevistas, remembranzas y textos de diverso cuño referidos al Séptimo Arte. Puede parecer pretencioso, pero es innegable: La Ramona, suplemento dominical de cultura del diario Opinión, marcó un momento de inflexión en la escritura sobre cine en Cochabamba. Aunque concebida como una plataforma abierta a la diversidad de expresiones creativas, La Ramona se distinguió –y aún se distingue– por prestarle particular interés al cine, siendo común que siquiera tres o cuatro páginas de su edición (de ocho páginas) estuvieran dedicadas a dar cuenta de estrenos fílmicos, homenajes a realizadores y asuntos afines.

El lanzamiento de La Ramona coincidió con una serie de hechos también significativos para entender las oscilaciones del mercado cinematográfico en Cochabamba. A saber: la eclosión de la piratería de películas en VCD y DVD; el consecuente ocaso de los videoclubes; la extinción de las salas comerciales y los primeros atisbos de multicine (con el Cine Norte); la instalación de la Escuela de Cine "La Fábrica", con la subsecuente apertura de ciclos de cine alternativo en sus predios; y el arranque del período más fértil de la cinematografía boliviana, insuflada por la popularización del soporte digital. En este contexto, el suplemento cultural de Opinión se erigió como el lugar por antonomasia para hablar y pensar el cine en Cochabamba, echando mano del ejercicio regular y sistemático de la escritura en un espacio de publicación periódica (una condición ineludible para la crítica). Así pues, la crítica de películas de estreno comercial en salas fue la principal forma de expresión sobre cine al interior del suplemento; pero, eso sí, con matices. Porque no era sólo de las cintas en cartelera que se hacía crítica, sino también de las novedades sólo disponibles en el mercado pirata o de las exhibidas –sin importar su año de estreno– en los ciclos alternativos. Y todo esto sin contar los frecuentes números especiales dedicados a revisar la vida y obra de popes clásicos o contemporáneos del Séptimo Arte, en los que la crítica –aunque no supeditada a la coyuntura comercial– era apenas una herramienta más para descargar las pasiones que despertaban en los integrantes del suplemento Orson Welles o Tim Burton, Federico Fellini, Woody Allen…

El grupo base del suplemento, integrado por Andrés Laguna, Sergio de la Zerda y Santiago Espinoza, pronto se vio fortalecido con la incorporación de Adriana Campero Urcullo, quien también incidió, con especial sensibilidad y tino, en la crítica cinematográfica. Luego, de la blogósfera aterrizaron en las páginas impresas los hermanos Javier y Luis Rodríguez, dos melómanos consumados, escribientes atentos al devenir cinematográfico y críticos solventes. Y no hay que olvidar las eventuales contribuciones de personas vinculadas al quehacer cinematográfico nacional, como Rodrigo Bellott, Martín Boulocq, Juan Cristóbal Ríos o Rodrigo Hasbún.

La convicción de la RAMONA sobre la necesidad de hablar y reflexionar en torno al cine, a partir del ejercicio de la crítica, no sólo se ha reducido a la regular publicación de textos firmados por los integrantes de equipo permanente o por colaboradores habituales (los más destacables, Ricardo Bajo, Sergio Zapata y Luis Brun), sino que también ha procurado democratizar esta práctica, motivando a lectores y cinéfilos de Cochabamba y otras regiones a participar en concursos de crítica (siquiera tres organizados en los últimos años con el apoyo de instituciones culturales como la Alianza Francesa y el ICBA).

Cargando esta experiencia, La Ramona ha cumplido en 2010 cinco años de vida, en los que la pasión cinéfila ha sido una de sus principales –si no la principal– cartas de presentación, al punto de convertirse en una suerte de privilegiado faro que a sus miembros nos ha permitido mirar Bolivia, el mundo y a nosotros mismos con una señera sensibilidad. Habiendo ganado tantas enemistades como amigos para el suplemento, la crítica de cine se ha consolidado como una seña de identidad de La Ramona y, acaso, el principal vehículo de relacionamiento con nuestro entorno cinematográfico. Un entorno que, creemos, ha crecido y se ha diversificado, al menos en términos periodísticos. Así pues, desde las páginas de La Ramona se ha celebrado la creación de Cinemas Cine, la primera revista on-line boliviana especializada en cine, con la que muchos de los integrantes del suplemento (Santiago Espinoza, Andrés Laguna, Luis Brun, Sergio de la Zerda) han colaborado y continuarán colaborando.

Cumplida esta revisión de la crítica de cine desarrollada en Cochabamba durante los últimos 10 años, son pues muy diferentes las condiciones del mercado cinematográfico en esta ciudad, incluso en comparación a las vigentes hace un lustro. La democratización de la piratería (que ha dejado de ser privilegio de iniciados y pulula en las calles a un ritmo más frenético que el de los perros vagabundos), el asentamiento de los multicines (en particular, del Cine Center) y el "boom" del cine digital boliviano en salas, son sólo algunos de los rasgos que dominan el actual contexto. Así las cosas, la crítica en Cochabamba –al menos, la que se practica desde La Ramona– ha debido replantearse también algunas cosas, aunque de forma más inconsciente que consciente. De antemano, la fascinación ciega por la piratería, tan común a mediados de la década, ha cedido, y en contrapartida, se ha visto la necesidad de retornar a la crítica de cintas de estreno en salas comerciales (aunque no con exclusividad), dada la cantidad –que no calidad- de los lanzamientos.

Pero, más allá de estas evidentes transformaciones, hay preguntas que no han cambiado entre quienes hemos cultivado y seguimos cultivando el ejercicio regular de la crítica; preguntas que, lejos de ser nuevas, son las mismas que asoman desde hace cinco años; preguntas que, aun retumbando con más fuerza e insistencia que hace un lustro, no somos capaces de respondernos con cabal certeza. Preguntas como las siguientes: ¿Para qué y/o quién escribimos crítica de cine? ¿Para qué y(o quién hacemos crítica en Cochabamba? ¿Lo hacemos para formar públicos? ¿Hay públicos ávidos de formación? ¿O lo hacemos por puro regocijo intelectual? ¿O para buscar más gente como nosotros? ¿O para provocar berrinches entre nuestros cineastas? ¿O por el mero placer de prolongar el visionado de las películas? ¿O por todas estas razones juntas?

Y aunque ganas no me fal tan para decantarme por alguna de las posibles respuestas, prefiero concluir estas líneas, con la esperanza de tener mayores luces la próxima vez que me pidan escribir sobre la crítica de cine en Cochabamba.

 

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