Edición Nº 22

La Revista

Tiracables

La mirada de la distancia: un recorrido por el cine extranjero hecho en Bolivia

 

Autor: Sebastian Morales Escoffier

 

Hay que reconocer que un país como Bolivia es sin duda un atractivo destino para cualquier tipo de producciones cinematográficas. Desde la enorme pluralidad cultural que existe, pasando por los bellos paisajes fotográficos que encontramos casi a la vuelta de la esquina, hasta por la llamativa situación política que vive el país desde siempre, y terminando por los curiosos visitantes que han decidido pasar los últimos días de su vida en Bolivia (Butch Casidy, el Che Guevara, Klaus Barbie, que tienen cada uno al menos una película sobre su estancia en el territorio nacional).

Todas las características mencionadas han sido efectivamente explotadas por un sin número de producciones extranjeras que tienen un marcado gusto por lo exótico, gusto que puede ser ampliamente satisfecho en el país. Sin embargo, muchas de estas producciones son de una limitación sorprendente, puesto que simplemente parten sobre conocimientos muy superficiales del país, manifestando en el producto final, no sólo una gran ignorancia sobre lo que se quiere mostrar, sino que también (y esto es consecuencia de lo primero) una falta de respeto que llega a hasta lo absurdo. Sin embargo, muchas de estas producciones, justamente porque exploran de manera muy superficial lo exótico (que a fin de cuentas, en un mundo globalizado llama la atención de una gran parte de los espectadores), logran una cantidad enorme de reconocimientos en festivales más o menos importantes, dando una imagen del país que parte no del deseo de conocer a otro, sino más bien (en un gran porcentaje de los casos) de la más declarada ignorancia. Es pues necesario hacer al un viaje al menos muy escueto sobre este tipo de producciones, para denunciar sus falencias y por supuesto mostrar los aciertos a la hora de representar a ese otro, que resulta ser nosotros mismos.

 

Las marcas de la “Guerra del agua”

Resulta al menos curioso que películas diametralmente opuestas en la forma, temática y objetivos discursivos tengan motivos sobre el país muy similares, por supuestos tratados de maneras completamente distintas. Para tomar casos extremos, tomemos por ejemplo la última película de de la saga de James Bond: Quantum of Solace. Aquí, el ya veterano héroe debe enfrentarse con una poderosa e invisible organización que se ha puesto como objetivo derrocar al presidente actual de Bolivia, para poner en su lugar un dictadorcillo. Con esto, el grupo de conspiradores busca conseguir el más preciado elemento natural: el agua.

Ciertamente, la saga de James Bond es famosa por los groseros estereotipos del otro que muestra en cada una de sus películas y, por supuesto, este último film no tiene porqué ser la excepción. Sin embargo, hay que hacer notar que la víctima ahora no es el boliviano en particular, sino más bien el latinoamericano en general. De esto nos damos cuenta en el obvio asincronismo histórico (al menos que hagan una grosera referencia a los gobiernos de izquierda actuales), que plantea que los gobiernos de turno en estas regiones son el producto del capricho de un pequeño caudillo militar y del apoyo de grupos extranjeros, entre ellos la CIA. Muy probablemente, esto llega a ser referencia justamente a la larga etapa de regímenes dictatoriales que ha tenido la región hace ya más de 20 años.

Veamos ahora la segunda parte de la sinopsis aquí presentada: el objetivo de la organización internacional busca apropiarse del agua. Por supuesto, en el film no hay nada parecido a una reivindicación ambientalista o anti-globalizadora (es más, James Bond es la expresión más clara de ciertos anhelos imperialistas), pero resulta interesante este giro del guión que nos ofrece el film. El líquido elemento se convierte en un recurso natural muchísimo más estratégico que, por ejemplo, el petróleo (esta es la opinión de los personajes de la película) y la explotación abusiva del agua se convierte en la mejor forma de acumular riquezas, en detrimento de los pobladores más pobres del país víctima. Reiteramos, aquí no hay ningún tipo de reivindicación y sería un grueso error pensar que sí lo hay: este motivo es simplemente un giro de guión, un elemento narrativo más entre otros que podrían haber sido utilizados. Otro es el caso de la última película filmada en tierra boliviana que hemos tenido la oportunidad de ver en sala: También la lluvia de Icíar Bollaín.

Bollaín busca encontrar, todavía de una manera muy superficial, la relación entre la conquista española, los recursos naturales y su explotación en busca de intereses particulares (aquí vuelve a aparecer el agua como el recurso más importante). Con objetivos diferentes, Bollaín toca los temas que aparecen curiosamente en la última película del espía inglés. Esta coincidencia, parece ser una prueba fehaciente de que la llamada “Guerra del agua”,en Cochabamba, ha despertado un enorme imaginario sobre el país en el mundo.

Sin duda, no es para menos, la idea de que la gente salga a hacer grandes movilizaciones por algo tan básico y elemental como es el agua, ciertamente nos da pautas de una no muy optimista situación del mundo. Aún cuando Bollaín busca hacer una reinterpretación (y tal vez un mea culpa) a partir de su mirada española sobre la colonia y sobre los intentos “neo-colonizadores” de la actualidad, la directora no puede desprenderse del todo de una visión en exceso paternalista (lo cuál se hace por demás evidente hacia el final de la película, en donde el único que puede salvar de la muerte a una niña cochabambina es el productor español) y sin realmente querer acercarse a comprender los hilos íntimos que movieron las movilizaciones en Cochabamba.

En Bollaín, aparece una visión del indígena boliviano que hemos visto en algunas películas como Pachamama (2008) del brasileño Rocha, y que seguramente se va ir reiterando y consolidando en los próximos años, visión que tiene estrechas relaciones con lo que podríamos llamar “el fenómeno Evo”. Estamos hablando de la representación del indígena como el indio rebelde, imagen que muy bien caracteriza Aduviri en la película.

 

El indio rebelde

La “cuestión del indio”, que ha sido de un gran interés en el pensamiento boliviano del siglo pasado (con tonos racistas) parece ser un punto neurálgico de todas estas películas que buscan consolidar un discurso sobre Bolivia. Aquí aparecen dos posiciones sobre el indígena diametralmente opuestas: una, más actual, que lo muestra como un ser rebelde en busca de mejores condiciones de vida (imagen que tiene la intención de “reivindicar” al indígena) y otra que lo ve como un ser al que se le debe tener pena (y que funciona ciertamente para conseguir réditos internacionales).

Hay que reconocer, en honor a la verdad, que de todas las interpretaciones del indígena como “indio rebelde”, es justamente la cinta de Bollaín la que tiene más méritos tiene, puesto que muestra a su personaje no sólo como luchador, sino también, como padre de familia, amigo, con sentimientos y miedos propios de un ser común y corriente. Veamos, sin embargo, un caso que podemos llamar “promedio”, para reconocer algunas de las taras en las que caen los directores de este tipo de interpretaciones: El comienzo fue en Warisata (2009) del español David Busto.

El documental busca relatar los sucesos que desencadenaron la “guerra del gas”, que terminó en el derrocamiento de Gonzalo Sánchez de Lozada. La cámara de Busto ingresa a la comunidad de Warisata, para que sean los pobladores los que narren exactamente lo que pasó en las rebeliones suscitadas ahí el 2003. Sin embargo, en las imágenes sólo notamos una cosa: el desprecio mutuo tanto del entrevistador como el de los entrevistados. Los primeros no quieren aparecer en la cámara y sin embargo, Busto insiste con aquello, les impone la cámara y por supuesto, les saca las palabras a regañadientes, como quien termina cediendo para dejar de ser molestado. La cámara (como en la mayoría de estas producciones) se convierte en una distancia insondable, no es medio para el diálogo, sino más bien un medio para instaurar una jerarquía: mirador/mirado, observador/observado. A esta distancia hay que adicionarle el hecho de que Busto sólo puede hablar con sus entrevistados por medio de un intérprete, lo que agranda las distancias.

Bien se podría argumentar que la elección de mostrar la imposibilidad de diálogo entre Busto y los indígenas es una decisión discursiva propia. Sin embargo, si la intención del documental es justamente reivindicar la imagen del indígena, mostrarlo en su faceta de luchador y como agente de cambio de la sociedad boliviana, vemos que encontramos una enorme contradicción. ¿Por qué si se busca reivindicar las luchas de alguien frente a un opresor, se le impone de esa manera la obligación de comparecer ante la cámara? ¿La cámara no se convierte justamente en la materialización de este opresor invisible? ¿No hay en el documental de Busto una idealización del indígena que paradójicamente, nace de un exagerado paternalismo? Vemos pues, que las dos interpretaciones opuestas sobre el indio propuestas aquí, salen de un mismo principio: el excesivo paternalismo.

 

El indio sumiso

En la visión del indígena como un ser mísero, hay ciertamente una película que se lleva la flor y que sin duda, como caso extremo, nos ayudará a entender el funcionamiento de este tipo de filmografía. El film es El regalo de la Pachamama (2009) del japonés Toshifumi Matsushita. Se trata de la pf_contenido de un niño llamero y su padre, que tienen la misión de llevar sal desde Uyuni a comunidades alejadas, hasta llegar a su destino final en Macha. En el viaje realizado por los dos indígenas, Matsushita aprovecha de todos los lugares comunes inimaginables, que desembocan en un efectivísimo facilista y que tiene como principio lo que el colombiano Luis Ospina ha denominado como porno-miseria. La película se encarga de mostrar con un cierto sentimentalismo agobiante la miseria de los llameros y de las comunidades a las que visitan. Esto se remata con una voz en off que se anima a dar consejos de tipo moral a los protagonistas, es decir, con la intención de censurarlos y mostrarles el buen camino.

En Matsushita se hace presente pues, no sólo la distancia que ya habíamos observado en la película de Busto, sino que al mismo tiempo, se devela un paternalismo radical. Otra vez vemos como la cámara se convierte en un medio de observación (al estilo de un panóptico), puesto que se pone arriba de los personajes, haciendo superflua la necesidad de conocer realmente a los que pasan por la cámara del japonés. Estando en una posición superior, el director cree saber qué es lo mejor para ellos y se aventura, por tanto, a darles consejos. Tal vez el paternalismo es la peor forma de racismo, puesto que se disfraza de todo lo contrario.

Todas estas películas, en un grado diferente, hacen la misma operación realizada por el protagonista de También la lluvia, Sebastián: se disfraza con algo que no es al indígena boliviano (ya sea de persona susceptible a la mayor compasión, ya sea en la imagen contraria, como el indio rebelde) y a partir de esa operación, se piensa que se le está haciendo un favor. En efecto, aún cuando se trata de documentales, los indígenas siempre tienden a ser personajes planos, es decir, personajes que sólo expresan una sola arista de su personalidad y no son vistos como una totalidad redonda, es decir, en toda su humanidad. La imposibilidad de hacer personajes redondos viene no solamente del poco conocimiento sobre lo filmado por parte de los directores, sino también de una actitud de los realizadores que se cierran a un aprendizaje del otro, lo cual, no es suficiente para desanimar a los directores de lanzar grandes tesis filosóficas o sociológicas sobre el país.

Este pequeño recorrido, nos muestra la necesidad de consolidar una cinematografía nacional propia, es decir, un cine que piense sobre Bolivia y en Bolivia. Al igual que el petróleo o el agua, la imagen es un recurso natural no renovable, en cuanto está susceptible a una “esterotipación” irremediable y por tanto, a su “desgaste”. Contar nuestras pf_contenidos y experiencias y crear nuestras propias formas de narración, es pues un tema prioritario.

 

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