Edición Nº 28

La Revista

Tiracables

Luis García Berlanga: el oficio del naturalista ácido

 

Autor: Sergio Zapata

 

Hace 60 años debutaba, codirigiendo con Juan Antonio Bardem Esa pareja feliz, marcando con base en el neorrealismo la transformación del cine español. Desde la cotidianidad de la postguerra empezó a esbozar sus primeros rasgos estilísticos, los que hoy denominamos berlanguianos. En noviembre del año pasado, Luis García Berlanga dejó este mundo y es éste un buen momento para recordar al maestro a través de sus películas.

 

Espejos 

Sus primeros filmes, con la postguerra como telón de fondo, le permitieron reinventar el cine español. Ridiculizando al género folclórico hasta caricaturizar ciertos valores de su tiempo, creando imágenes amables pero demoledoras, composiciones abigarradas con base en la cotidianidad, Luis García Berlanga supo mirar de frente a su tiempo y capturarlo en este espejo, a veces cruel, que es el cine.

Algunos rasgos particulares de su tiempo nos quedan: la pasión por la fiesta, las vivas a la virgen, la nostalgia monárquica, la decadencia aristocrática como declaración de principios en la voz y ceño de sus personajes. Componen las marcas de su cinematografía la tristeza y la desventura agazapadas tras la fiesta y la jarana, algo de erotismo desenfadado y liberal, pero siempre una empatía respecto a los marginados.

Estos rasgos de identidad se fundaron en los principios del neorrealismo italiano, al igual que su rechazo al cine oficial de su tiempo, que ensalzaba las costumbres y las tradiciones de la España rural. Esta postura lo aproximó a los desposeídos, a los que representó con ternura y algo de crueldad, mientras que se acercaba con sarcasmo a los poderosos. Todo siempre con mucho humor. En esta aventura, Berlanga junto a Rafael Azcona, su guionista habitual, conformaron la pareja ideal del cine español.  

Entre ambos, bajo el rostro del costumbrismo y sorteando la censura, interrogaron a su sociedad. Compusieron los personajes más emblemáticos del cine ibérico hasta nuestros días, desde el empleado público que busca congraciarse con Dios ayudando al indigente, hasta el aristócrata que espera el resurgimiento del imperio austrohúngaro. Siempre amargos e incisivos, siempre denunciando con humor macabro la hipocresía de la sociedad, la pareja ideal del cine español ingresó a la pf_contenido del cine universal con el espejo de su sociedad.      

Los fracasos 

En varias entrevistas Berlanga señaló que todas sus películas tienen el mismo discurso, una postura sobre el hombre enfrentado a la mezquina realidad en clave de crónica del fracaso. Siempre alguien que quiere tener algo pero no lo obtiene y debe aprender a vivir con eso, y su reverso perverso, aquellos que lo tienen todo pero que no lo gozan. Desde Bienvenido, Mister Marshall hasta Paris Tombuctú.

Este estado pesimista, se ancla en el neorrealismo, como gran parte de su obra, pero también destila otros elementos más acuciantes, como su postura política a favor de los desposeídos, casi siempre encarnación del fracaso, los excesos y los abusos de los poderosos.

Pero para Berlanga el poder está representado en las mujeres, de ahí la tan mentada acusación de misógino e incluso machista. Estas acusaciones Berlanga las resolvió señalando que en realidad es un gesto de suprema admiración hacia las mujeres. Ellas fueron como tiranas que deben ser derrotados, a las cuales uno siempre admira, ya sea por inalcanzables e incomprensibles, para poder derrotarlas. Y de ahí su venganza hacia el género por su excelsa y tiránica belleza.   

 

Naturalismo ácido 

Desde la crónica y la caricatura, Berlanga supo como pocos llenar la pantalla del espíritu de su país. Siempre con humor, sarcasmo e incluso crueldad, logro inmortalizar la imaginería española de forma natural, entre el neorrealismo italiano y el costumbrismo contra el que se erigía. 

Las imágenes de Bienvenido, Mister Marshall de 1953 introducían la abigarrada cotidianidad, mezclando la ternura de sus personajes, a veces caídos en desagracia, con la crueldad de los sectores más opulentos de la sociedad. Además de ser la cinta que introducirá la modernidad cinematográfica a España, en tanto se apropia de elementos narrativos como iconográficos propios de la modernidad, alineándose de manera fulgurante con aquel cine que piensa la forma desde la cotidianidad, otorgando a la realidad social el estatus de lo desconocido, lo potente, desencadenante y hermoso. 

Este gesto provocador, a nivel discursivo, pero algo mas austero, se lo encuentra también en Calabuch de 1956, donde un científico estadounidense termina haciendo frente armado con la solidaridad, la esperanza y la ternura del fracaso de sus vecinos españoles, a la sexta flota, con resultados poco predecibles. Conjugando entre las dos cintas la primera critica seria, masiva y furibunda contra las políticas de progreso ancladas en estos planes de reconstrucción. 

En Los jueves milagro de 1958, Berlanga retrata la fe ciega de otro pequeño poblado que retorna a la devoción a un santo hasta ese entonces olvidado. Esta desesperada entrega de fe es una constante entre sus personajes, como Plácido, de la película del mismo nombre de 1961, donde la mirada de Berlanga se transforma, pasa de los oprimidos a los opresores, a las capas altas de la sociedad donde encuentra las más vacuas e hipócritas muestras de solidaridad y espíritu humanista.

Esta vocación por los otros sociales se vera afectada tres años después de Los jueves milagro, en El verdugo, donde escarbará en la condición humana y, desde una puesta en escena costumbrista, planteará la interrogante sobre el estatus de la pena de muerte. Dejando de lado, al menos de manera provisional, su compromiso siempre con los desprotegidos y desplazados. 

La reflexión colectiva lleva indefectiblemente al cuestionamiento propio, ya sea en términos de género, clase, etc., hacia la comprensión de esto que se ha denominado español hace ya mucho tiempo.  

Seis años después de este film, el director retornó con Vivan los novios: haciendo uso del color, ingresa a la intimidad de un matrimonio, donde lo que más importa es guardar las apariencias. En Tamaño natural de 1974, la más extraña pieza de su filmografía, interroga sobre la  libertad y la soledad, desde un hombre que ama a una muñeca. Y en 1978, con los estertores de la dictadura, La escopeta nacional le permitirá caricaturizar a la aristocracia venida a menos superando cualquier forma esperpéntica. 

Estos personajes continuarán en Patrimonio nacional de 1981 y Nacional III de 1982, hasta llegar a La Vaquilla, cinta de 1985 en la que Berlanga reflexiona, con su humor característico, la posibilidad de la reconciliación, derrumbando otro mito español: el de las dos españas. Esta vocación reconciliadora se repite en Moros y Cristianos de 1987, que además supondrá la última colaboración con el guionista Azcona.

Casi como epitafio, en 1999 Berlanga realizará la más personal de sus películas: Paris Tombuctú. En este film, el director abordará nuevamente la libertad, la justicia, la vida, algunas de sus obsesiones. 

Entre la censura y la apertura, transcurrió el cine de Berlanga. Congeló el tiempo de la postguerra y los estertores de la dictadura y supo adaptarse a las nuevas formas que ofrece el oficio de cronista con imágenes, de naturalista ácido.      

 

 

 

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