Edición Nº 12

La Revista

Tiracables

Sobre Mina Alaska y El triángulo del Lago. Nuestro cine de imitación.

 

Autor: Miguel Hilari

 

Unos años atrás, al ingresar a la autopista desde la Ceja del Alto, un gigantesco bebé rubio y feliz sonreía en una publicidad de Nestlé. Sus ojos azules daban la bienvenida la ciudad de La Paz. Después de los sucesos de octubre negro del 2003, esta publicidad desapareció. A alguien le ha debido molestar.

Las imágenes nunca son inocentes. El Nuevo Cine Latinoamericano sabía esto e identificaba a Hollywood –sus imágenes y la manera en la que éstas se construyen– como el principal medio de influencia y control de las sociedades latinoamericanas. En Hacia un Tercer Cine, los documentalistas e investigadores argentinos Octavio Getino y Pino Solanas afirmaban que "[…] el instrumento de comunicación más valioso de nuestro tiempo, estaba destinado a satisfacer exclusivamente los intereses de los poseedores del cine, es decir, de los dueños del mercado mundial del cine, en su inmensa mayoría estadounidenses."

En varias ocasiones el cine boliviano imita torpemente la mirada y la estética de este cine dominante. En este breve artículo haremos una aproximación a Mina Alaska de Jorge Ruiz y El Triángulo del Lago de Mauricio Calderón. 

LA MIRADA DE TURISTA Y MINA ALASKA

En los años 50, la Revolución Nacional triunfa y la patria nos comienza a gustar un poco más que antes. Jorge Ruiz (foto), cineasta que llegara a ser director del recién creado Instituto Nacional de Cinematografía, comienza en 1952 el rodaje de Detrás de las montañas, película que recién puede terminar en 1968 bajo el título de Mina Alaska.

La película es un intento de explicarles nuestro exótico país a los gringos. El relato inicia en el viaje de la joven norteamericana Jenny Smith por Bolivia, acompañada por guías locales que tienen la función de aclararle las dudas a la señorita, a través de diálogos como éste:

- ¿Y qué es la coca?

- La coca, miss, es una hoja que mascan los nativos de estas tierras.

En la década de los 50, esta película pudo haber sido leída como un paso hacía la revalorización de lo nuestro y la posibilidad de construirnos como país desde la diferencia. Sin embargo, la película construye esta idea de diferencia adoptando la mirada de turista, una mirada, finalmente, superficial.

Hoy en día, el cine ya no es solamente un medio de información. Potenciales turistas extranjeros navegan por Internet para informarse sobre su viaje. No ven al cine, necesariamente, como una fuente de información. Y aunque el cine surge de contextos específicos, una película no es un folleto turístico. Sin embargo, la tendencia de mirarnos a nosotros mismos con ojos ajenos persiste en nuestras películas. Al hacer cine, nos ponemos anteojos de turista y nos maravillamos con lo obvio, con aquello que podría resultar exótico para quien no es boliviano. Empezamos a fijarnos en las entradas folklóricas, en las polleras y en el Illimani como si nos veríamos por primera vez. Al hacer cine, tratamos obsesivamente de explicarle el país al resto del mundo. Es conocida la proliferación de reportajes extranjeros sobre el carácter pintoresco de Bolivia; lo feo es cuando nosotros mismos nos creemos exóticos y adoptamos una mirada desde afuera para mirarnos, por que suponemos que esa es la única mirada que vale.

 

EL TRIÁNGULO DEL LAGO Y EL DISFRÁZ DE MODERNIDAD

En la década de los 90, Bolivia clasifica al Mundial, las privatizaciones están en su auge y pensamos que estamos a punto de convertirnos en un país moderno. Financiado por la empresa privada, Mauricio Calderón realiza El Triángulo del Lago, estrenada en 1999 y promocionada como "la primera película boliviana de ciencia ficción" o "la película boliviana más cara de la pf_contenido".

El argumento de la película tiene como protagonista a un hombre que se pierde en el Triángulo de las Bermudas y, misteriosamente, aparece en el Lago Titicaca donde es rescatado por ñustas con candentes movimientos de cadera. Gracias a los efectos especiales, vemos un tren urbano en La Paz que pasa disparado por debajo de los minibuses. Esta imagen hoy parece chiste, pero la idea detrás de ella persiste tal cual. Nos gusta mostrarnos modernos. Nos gusta poner efectos especiales, para que así nuestras películas se parezcan un poco más a las películas de verdad. El resultado son películas que mezclan temática local con un remedo de la estética de Hollywood.

En su inmensa mayoría, nuestras películas repiten una estética antes de cuestionarla. Disfrazamos a Carla Ortiz de chola. Como las cholas no se parecen a las mujeres que nos muestran en el cine, le ponemos pollera a una que sí se parece. Es que es una película, decimos; así son pues las películas. Así, no encaramos búsquedas formales, por flojera y por resignación a la estética impuesta. Hacemos películas-engendro que no funcionan ni aquí ni allá. Engendros que por mala suerte nacen en Bolivia, pero que luchan desesperadamente por parecerse a Hollywood. Estas películas en el fondo son el reflejo auténtico de nuestra sociedad.

Los espíritus de las dos películas, Mina Alaska y El Triángulo del Lago, siguen vigentes en nuestro cine contemporáneo. Volviendo al texto de Getino y Solanas que citábamos al principio, hoy el cine ha dejado de ser "el instrumento de comunicación más valioso", perdiendo terreno ante la televisión, el Internet y los videojuegos. Quizás el cine ya no es el principal medio de influencia, de colonización (y posible descolonización). Pero en ningún caso podemos pretender producir imágenes y no tomar una postura a través de ellas.

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