Edición Nº 23

La Revista

Tiracables

Una semana de cortos

 

Autor: Claudio Sánchez

Entre el 28 de mayo y el 3 de junio se llevó a cabo en la ciudad de Cochabamba la Segunda Semana Internacional del Corto. Esta es una de las plataformas más importantes para la exhibición de cortometrajes en Bolivia. Desde que la aventura comenzara en 2010, los organizadores tomaron en cuenta la urgencia de constituir espacios propios para el fomento a la difusión de estos trabajos, y si a esto le sumamos la necesidad de los realizadores por encontrar escenarios propicios para poder compartir su esfuerzo, esta es una combinación explosiva, que tiene como resultado la posibilidad de dar al espectador un panorama de la realización actual (no sólo) en el país.

Bolivia y sus cortometrajes

El cortometraje en Bolivia ha sido un lugar común para la formación de los cineastas desde siempre. Los cortos de grandes directores como Jorge Ruíz (Vuelve Sebastiana, 1953) o Jorge Sanjinés (Revolución, 1963) son, sin duda alguna, ejemplos de esto. En los últimos cinco años los bolivianos han desarrollado su experiencia audiovisual también en este terreno. Desde los trabajos realizados en las escuelas de cine existentes en las ciudades de La Paz (ECA), Cochabamba (La Fábrica) y la Licenciatura en la Universidad Católica Boliviana (UCB-La Paz), hasta los esfuerzos individuales o colectivos apartados de los espacios de formación académicos. De este modo podemos esbozar un primer acercamiento a la idea del cortometraje boliviano entre 2005 y 2010.

Si bien existen estos dos grandes grupos de realizadores (aquellos de los centros de formación y los de productores independientes), también encontramos una tercera línea a ser considerada, aquella conformada por realizadores bolivianos que trabajan y se forman fuera del país. Es el caso de Diego Mondaca, cuyo trabajo La Chirola participó en la Primera Semana Internacional del Corto (2010), logrando el aplauso y el reconocimiento del público. Este cortometraje es la tesis de grado de Mondaca en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de Los Baños – Cuba (EICTV). Adriana Montenegro también se inscribe en este grupo y aparece en este panorama con Desde el fondo del 2008 (foto), uno de los mejores cortometrajes de los últimos años, la Tesis de Maestría de Montenegro en la UCLA (Estados Unidos). Kiro Russo quien dirigió Enterprisse (2010), obra premiada en la Segunda Semana Internacional del Corto, estudia en Argentina, y este cortometraje cuenta con el apoyo de la Universidad del Cine de Buenos Aires. Ellos son algunos de los nombres imprescindibles a la hora de esbozar un perfil sobre la actualidad del corto. Tanto Mondaca, como Montenegro y Russo se han formado fuera de nuestras fronteras y son ellos una muestra del esfuerzo de los bolivianos que apuestan por el séptimo arte a pesar de las dificultades y las trabas que lastimosamente impone nuestro medio.

Los realizadores de ahora

Las propuestas de los egresados de la Licenciatura en Cine de la Universidad Católica Boliviana no han estado ausentes de la fiesta del corto en Cochabamba. Mauricio Ovando con Suimin, un trabajo experimental realizado en Argentina, y Carlos Piñeiro con Martes de Ch´alla (ganador del Premio Amalia de Gallardo 2008) nos presentan dos miradas opuestas y estéticas diferentes, provocando en el espectador una necesidad de seguir viendo más del trabajo de estos jóvenes. De la misma manera en la que Juan Pablo Richter (¿De qué color es el cielo?, 2009) y Denisse Arancibia (Pistacho, 2008) lo hicieran hace ya algunos años, antes de lanzarse a co-dirigir Casting (2010), el primer largo de terror boliviano.  

Luis Brun, nacido en Uyuni y radicado desde hace ya muchos años en Cochabamaba es también otro director a ser considerado interesante a la hora de pensar un cine más intimista, que explora en la estética, y que con sus ficciones Laberintitis y 1985 acude a la convocatoria de esta cita. Brun ha logrado mantenerse en las pantallas con una obra prolífica, y su trabajo puede ser ya reconocido en todo el país. Sus cortometrajes intentan ser una conciliación artística de tiempos, tanto en el interés que muestra por trabajar con hombres clave de la cultura boliviana, como por la importancia que le da a la creación y consolidación de equipos jóvenes de producción, con quienes desarrolla sus ideas poniendo en escena una serie de conflictos generacionales e individuales. Algunos cortometrajes de Brun han sido musicalizados por Alberto Villalpando, uno de los grandes compositores del país, quien junto a Cergio Prudencio y Óscar García son las figuras más destacadas de la musicalización de películas bolivianas.

Pablo Paniagua hace su aparición en este panorama general de la actualidad del cortometraje boliviano. Su formación en Argentina y su trabajo en Bolivia en proyectos de Kiro Russo (Enterprisse) y Carlos Piñeiro (Max Jutam), se sostiene por sí sólo. Él podría ser una de las jóvenes promesas en la fotografía. En ambos casos, el lente de Paniagua logra ser una pieza fundamental en la narración de los cortos, la estética que propone lo hace ser un explorador que en su búsqueda constante alcanza niveles de excelencia. El cortometraje Uno dirigido por el propio Paniagua, y que fue exhibido a principio de 2011 en la Cinemateca Boliviana, es un trabajo que se acerca a un solo personaje, generando una serie de provocaciones al espectador. Hablado en ruso, este trabajo cuenta con el apoyo de la Universidad del Cine de Buenos Aires y ha participado de festivales internacionales. De este modo, encontramos a un realizador que ya no sólo es promesa sino que se defiende con armas propias en este medio que exige profesionales que estén a la altura de un cine que requiere a gritos personas calificadas en las distintas áreas que hacen al cine: la consolidación de equipos de trabajo darán frutos en el horizonte futuro, de eso estamos seguros.  

El interior del país: ficciones y documental

Para cerrar esta breve revisión de títulos y autores, es necesario mencionar Diego Pino, que con su ficción Tic Tac también irrumpe en el escenario nacional desde Tarija. Este corto ganó en 2010 el Premio que otorga el Festival de Cine Europeo en Bolivia, dada la factura técnica y estética, que demuestra que en los últimos años los ejes de producción se han expandido en el territorio nacional. Ya no se trata sólo de La Paz, Cochabamba o Santa Cruz, sino que se integran en el mapa otras regiones que concilian miradas diferentes. Pino explora los beneficios de las nuevas tecnologías que los equipos de punta conceden, y se arriesga a mostrar un mundo onírico que no cae en lo común, sino que alcanza un nivel extraordinario de seducción con el espectador. Este resulta ser uno de los grandes logros de Tic Tac, una conexión con el público joven y un rigor estético que recuerda a las grandes producciones bolivianas. Es por si sólo, un cortometraje que se defiende en un mundo competitivo de producción, y esto no es casualidad, sino que responde al uso responsable de la tecnología y a la necesidad de contar algo con los elementos del lenguaje cinematográfico que muchas veces queda al margen de los trabajos realizados en el país.

La gran ausencia, el gran vacío y la sorpresa viene desde los documentalistas que no apuestan por la convocatoria, con un silencio que aterroriza, cuando las apuestas están puestas sobre ellos, en un tiempo en el que se ha ponderado su trabajo y esfuerzo. Y sin embargo, qué es lo que nos proponen, esa es la pregunta. Si la Semana Internacional del Corto resulta ser un gran escenario, la ficción lo ha hecho suya sin mayores reparos, y el documental se va quedando en sus propias pantallas, sin pretender llegar a nuevos escenarios.  Ariel Soto dice presente con Waqayñan y salva el honor de una manera loable: esta aproximación al tinku (el encuentro) se acerca de una forma que no resulta ser innovadora, pero que convence con una cámara que refleja el rito andino. Aquí se pone en conflicto la tradición y los nuevos tiempos, aproximándonos a las comunidades indígenas que practican el tinku, más allá del folklore como un acto cultural. Waqayñan ha estado en la Selección Oficial del Festival de Cortometrajes de Río de Janeiro (2010), en la Selección Oficial del Latino Film Festival de San Francisco (2010) y en la Selección Oficial del Festival Internacional de Nueva York (2010), demostrando una vez más el interés que existe en el exterior por Bolivia y sus costumbres, por este país que existe en el mapa con sus curiosidades, con sus particularidades, con sus pueblos y sus pf_contenidos. Es está una muestra más de que es necesario volver a vernos más allá de las ciudades, para poder encontrar algo que se va perdiendo en esta avalancha por la universalización de las temáticas y los estilos. No se trata de hacer un corto sólo con la intención de lograr el reconocimiento sino como la excusa perfecta de formación y conocimiento del otro. 

Y si el tango dice que “salgo por Arenales / lo de siempre en la calle y en mí”, en este caso uno sale del Teatro Adela Zamudio por la Avenida Heroínas y llega a la esquina de 25 de mayo. Resulta que algo ha cambiado, en estos días fríos de un otoño en Cochabamba, la Segunda Semana Internacional del Corto ha sido el espacio propicio para reflexionar sobre lo que estamos haciendo en el país, en este Estado Plurinacional, en este nuestro tiempo. Y si bien la cita es una grandiosa oportunidad para poder ver producciones de otras latitudes, podemos decir que una de las mayores virtudes de este esfuerzo es la posibilidad de tomarle el pulso a lo que se está haciendo en Bolivia. La luna no va rodando por Callao, la luna dice presente por encima del Tunari. El público ha tenido la posibilidad de vivir la corto-experiencia, y esto sí es algo que merece el aplauso sostenido, de quienes apostamos y apoyamos por la consolidación de espacios como éste.  

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