Edición Nº 64

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Drácula, o el moderno Prometeo

 

Autor: Mary Carmen Molina Ergueta

Drácula, o el moderno Prometeo

Son 120 años de la publicación de Drácula (1897), de Bram Stoker. Aunque la celebridad actual de este personaje tiene menos que ver con su origen literario que con su larga lista de adaptaciones al cine, muchas huellas de escritura y lectura de este texto perviven en las apropiaciones de esta historia en la pantalla.Es abundante el tratamiento que ha recibido esta novela en el espectro amplio de la historia del horror en Occidente: no solo abordándola desde la corriente gótica —de la que es parte de manera tardía— sino deteniéndose en la evolución del personaje hasta las películas más recientes y comerciales, la novela de Bram Stoker sigue siendo una fuente por donde corre mucha, abundante sangre. Esta, a fines del siglo XIX, significó el vehículo fundamental para el progreso de la humanidad. ¿Cómo? Con la consolidación de las teorías evolucionistas en la biología, a través de la publicación de El origen de las especies de Darwin (1859), el mundo se desprendía de las limitantes impuestas por la religión y la creación divina. La evolución y no el poder prometeico, inauguraría otro tipo de utopía: la de la selección natural (Horror, M. Jones,2002). ¿Cómo funciona esta utopía para los vampiros reformados en vegetarianismo en la saga Crepúsculo?

El horror que propone la historia de Drácula, en el libro y varias películas, puede ser leído a través de las dos polaridades que enfrenta: por una parte, el monstruo extranjero que contagia e infecta la sangre, y, por otra parte, la fuerza que lucha contra él, impulsada por un propósito menos científico que moral y religioso. El conde Drácula y el doctor Abraham van Helsing libran una batalla arraigada en un conflicto de la sociedad occidental moderna: la decadencia de la figura de la creación divina frente al monstruoso desplazamiento de la razón y el poder del hombre. Vista desde este conflicto, esta es una cruzada del bien contra el mal, en la que biensabemos todos qué equipo gana. Drácula es perseguido y, si vale el termino, asesinado. Mejor suerte corrió otro monstruo, tan entrañable como el seductor de labios rojos, casi 80 años antes: al final de la novela Frankenstein (1818) de Mary Shelley, la creación del moderno Prometeo se perdía hablando por el bosque, inaugurando así una ansiedad con la que las tiernas astucias de ajo y estaca aún no pueden dialogar.

¿Qué contienen las películas?

En su balance sobre el Festival de Cannes, el crítico argentino Roger Koza escribió: “El cine es una estupenda y eficaz manera de hablar sobre el mundo. A veces sirve para volver a creer en él, pero en ocasiones pretende confirmar la vileza y la injusticia como estados inamovibles de las cosas”. Koza se refiere al gesto predominante de las películas del palmarés de la edición 2017: la crueldad. Anota la coherencia del jurado en los premios —todos, vehículos de hiperdramatismo, venganza y decadencia— y señala el peligro de esta coherencia: la celebración de la derrota de los hombres.

No vi las películas premiadas en Cannes, pero quiero utilizar la reflexión de Koza como entrada para la exploración de un aspecto un tanto desatendido en la programación de contenidos culturales —más específicamente, audiovisuales— en nuestro contexto. Que está lejos del medio de festivales de cine y que tiene sus características propias, ciertamente. Dos de ellas son la precariedad de la circulación masiva de contenidos y la falta de acción regular de espacios alternativos de exhibición. Las iniciativas que buscan resolver estas problemáticas existen: hay ciclos de cine, algunos cineclubes y festivales que trabajan, desarticuladamente,pero con cierta intención común, que podría resumirse en la idea de brindar “otro cine” al público.

Sin embargo, ¿qué películas hacen este grupo denominado “otro cine”? Muchísimas y, como público amamantado por la piratería, lo sabemos. Podríamos pensar que en este ámbitomaternal está todo: el cine comercial, el que tal vez se mostró alguna vez en una cinemateca, el que nadie mira, el que todos comentan pero pocos vieron, el de la tele, el de Netflix. Pero, volviendo a la reflexión de Koza con la que iniciamos, ¿qué contenidos vehiculizan estas películas? Y, más allá, ¿cuál es su lugar más allá de la matrix? Poner películas, en un medio como el nuestro, ¿es una responsabilidad que atendería solo a la necesidad de lo alternativo? No.

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