Edición Nº 61

La Revista

Dossier

Cine y Arte contemporáneo, discurso y sentido

 

Autor: Juan Álvarez-Durán

Desde el 11 de octubre y por un mes está desarrollándose la Bienal Salón Internacional de Arte (SIART) en La Paz, tomando casi todos los espacios conocidos de arte de la ciudad,  la bienal invita a mirar con los oídos, el texto de presentación apela a vivir lo íntimo, a sentir el cuerpo, a valorar lo de adentro, utilizando como marco éste precepto guaraní. En una anterior versión del programa de radio La Mirada Incendiaria fui mencionado respecto a la banalización del arte, ser artista y el cine como practica salvadora:

Cuando gane el premio del SIART en 2009 era la primera vez que hacia una videoinstalación, era la primera vez que ponía en público una obra de esas características, creo que es difícil definirse como artista, me declaro cineasta porque es una práctica en la cual me he formado.

Sobre una posible oposición entre cine y arte contemporáneo, esta segunda acusada de contener elementos de banalidad creo que hay un proceso de institucionalización del arte contemporáneo, que demanda la existencia de un curador que valide y ponga a disposición del público las obras que debe ver, porque son arte, se ha valorado de nuevo al Museo como espacio para ver arte, y eso es muy fuerte, los actos y objetos que se exhiben necesitan siempre de un discurso que explique las intenciones  del artista,  a diferencia del cine que se ha desinstitucionalizado, cada vez el acceso a diferentes tecnologías hace posible una práctica alejada de la academia o del canon establecido por la industria. José Luis Brea ya nos lo había dicho hace unos buenos años, y en Bolivia creo que instituciones como el SIART van por esa línea, si bien ambas practicas casi utilizan las mismas herramientas para llegar al público creo que el cine tiene posibilidades de pensar (resistir) su relación con el medio en el cual se desenvuelve porque ha superado crisis cíclicas, si bien las practicas narrativas son las más extendidas, las películas experimentales han tenido que sobrellevar de maneras creativas las posibilidades de relacionarse con el público, es bastante difícil tratar de sintetizar lo que ha sucedido en el mundo, pero creo que las prácticas como las de Stan Brakhage se defienden solas o las de Chris Marker o Alain Resnais, son propuestas que no necesitan un curador o un programador, por ejemplo.

Creo que hay un problema enorme de los artistas en su práctica y sus intenciones, si uno de los elementos que a mí me interesa es la organicidad de la obra, que todos los elementos confluyan en un sentido, veo que hay obras que indican ciertas ideas, pero no engranan en un todo, están puestos de manera mecánica, una obra habla de la locura por ejemplo, me lo dice el curador, y pone todos los elementos “típicos” de control de la misma, agua, poleas, cuerdas, pero toda esta articulación no construye algo diferente a lo que yo ya se, por ende todos los elementos están ahí pero no se re articulan para ser “otra” experiencia, es un aglutinado, tengo todos los elementos, pero la construcción de un sentido está ausente, solo esta evidente de manera mecánica lo que hace al control de esa disfunción, su montaje y exhibición no logran dar el salto hacia algo.

Veo más bien que los artistas contemporáneos le huyen a la complejidad, es paradójico subestiman al espectador al ponerle cosas muy simples para que puedan ser leídas, pero no construyen relaciones, no conceptualizan los posibles sentidos que se generen al relacionar diferentes elementos, imaginar las amplias posibilidades del montaje, esto es conceptualizar nuevas relaciones entre objetos, el cine me ha enseñado eso.

Es curioso la mayoría de los artistas que he visto en este SIART no reflexionan sobre su relación con el registro y el montaje, o por lo menos no parece que lo hicieran, los que hacen performance no reparan en que un cierto tipo de registro puede potenciar la obra en sí misma, porque ahí hay una relación muy básica, que el cine ha trabajado mucho tiempo, la puesta en forma, en palabras de Santos Zunzunegui, es decir el momento en el cual todos los elementos se disponen para convertirse en una experiencia audiovisual, enriquecedora y amplia,  la mecanicidad con que asumen el registro de sus actos no contribuye a la creación de una experiencia diferente de la obra posible, sino más bien evidencia la carencia de ideas al relacionarse con un medio. La imagen que construyen es pobre porque la han instrumentalizado sin tener en cuenta sus posibilidades creativas, diríamos con Flusser que los artistas son funcionarios de la máquina, que siguen el programa establecido.

Siguiendo posibles oposiciones, podríamos referirnos al programador en el cine. Evidentemente es casi lo mismo, gente que valida lo que es cine y lo que no, pero creo que el cine ha creado sus propias maneras de des institucionalizar el cine, hay Cannes pero están millones de ventanas de internet, o VOD (Video on demand) Netflix, programar lo que quiero ver y cuando quiero verlo, creo que el cine ha creado más opciones a la institucionalización entendiéndola como validación de una práctica artística. Los artistas creo, se han abocado, en un ámbito tan pequeño y cerrado como el del arte contemporáneo boliviano, a ser visibilizados por la institución como parte de su consolidación en el medio. Lo cual es un gesto político muy conservador. Hablan de cine expandido, cuando es un concepto viejo, data de los 70´s o de interactividad, cuando Pasollini o Jean Rouch en Crónica de un Verano (1961) ya habían interactuado y ampliado nuestra mirada hacia lo que el cine podría abordar, intentando agotar todas las relaciones posibles. Y volviendo a los 21 minutos de Godard, presentes en Al final de la escapada (1959) y la banalización, hay que entenderlo en su gesto político, romper con el cine clásico, el cual nos quiere hacer creer que la transparencia del cine es igual de dramática que la vida, 21 minutos en los cuales no pase nada, sin curvas de emoción, solo la horizontalidad de dos personas que fuman, que hablan de su cotidiano, que se besan y se van, paso del tiempo, es pues novedoso para los 60´s, porque percibo el tiempo, como bien lo menciona Deleuze, pero el arte contemporáneo parece más sincero, en ésta bienal por lo menos, no tiene nada que decir y trata de evidenciar la crisis, mostrarte sus ideas, sus procesos y sus limitaciones, acumulando objetos, un trabajo bastante complicado, decir nada con lo más posible, pero se vuelve un ejercicio retórico y aburrido, porque no existe diálogo, el artista no quiere hablar con el público sobre lo que le parece que debería hacer para llamarlo arte, sino más bien es una exposición arrogante de buenas intenciones y voluntades fallidas. Es curioso que muchos de los artistas no quieren hablar de su obra, pero al mismo tiempo aceptan que una persona explique sus intenciones. El discurso en todas las obras se hace necesario, sin ello la obra adolece, la banalidad está en ese gesto inicial, esperar a ser validado como artista, y exponer en un lugar de arte, partiendo no de la imagen o de la experiencia sino de la venia discursiva, del otro “conocedor”.

Creo que el cine y el museo como heterotopías, son lugares en los que se concentran espacios y tiempos diferentes, y que establecen sus reglas propias, marginales por definición, son interesantes en tanto puedan potenciarse políticamente, algo que veo que el arte contemporáneo boliviano no aprovecha, siguiendo con Godard podríamos hablar de sus gestos políticos a partir del cine, su lucidez a la hora de proponernos hablar de la imagen como historia, entender que el cine es la historia del siglo XX, las historias que vemos, pero rearmando su vínculo, entendiendo su pluralidad y diversidad, su complejidad como construcción de y en el tiempo. Una obra de arte que amplia nuestra experiencia en el mundo, una búsqueda que tal vez en los artistas contemporáneos ha claudicado en pro de la catarsis placentera (masturbatoria) de llenar su vacío con vacío. 

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