En el film de Paco Cabezas, revolver los hilos del pasado y cruzar los tejidos de la vida y la muerte es cosa de dos hermanos. Que el cine no duplique la realidad para, en su lugar, recortarla y transfigurarla parece ser en esta película la puesta en escena de una combinación arriesgada. Y es que al hablar de dos hermanos no sólo nos remitimos a los dos protagonistas de la historia –Malena y Pablo de Luca, dos españoles que viajan hasta Argentina para firmar los papeles que autorizan la desconexión de los aparatos que mantienen artificialmente con vida a su padre– sino a los dos registros del horror que la película cruza: la fantasía y los crímenes de la dictadura argentina.
Ahí donde volver al pasado significa, necesariamente, re-experimentarlo, Aparecidos juega a configurar el espacio de la memoria a varios niveles. En verdad, la historia comienza en 1980, cuando una mujer se va de Buenos Aires rumbo a España, acompañada de Malena y Pablo, sus dos hijos pequeños, y dejando al padre de ambos, el Doctor de Luca. Veinte años después, los dos hermanos regresan a Argentina: su padre, en coma y sin posibilidades de recuperarse, es prácticamente un desconocido para Pablo –el hijo que se fue de Buenos Aires recién nacido– pero no para Malena, la hermana mayor. Pablo, que quiere saber sobre su padre, se resiste a firmar los papeles que autorizan a los doctores desconectarlo y dejarlo sin vida. Así, ambos hermanos emprenden un viaje a la antigua casa de Tierra del Fuego donde nacieron, viaje en el que comenzará el inquietante desvelamiento de un pasado.
El planteamiento inicial de la película como una road-movie del terror en la que los protagonistas se montan en un pasado íntimo y desconocido, sugiere la búsqueda central de la historia: la posibilidad de desplazar el pasado sobre el presente, el inquietante influjo de las memorias personales y colectivas, las huellas de sus desaparecidos y sus siniestras (re)apariciones. Y es que la osadía de Cabezas radica en abordar un tema tan delicado como el de los desaparecidos durante la dictadura en Argentina con los recursos de un tono fantástico, en el que la realidad –sus espacios y sus tiempos– se verá subvertida por la aparición y la re-actualización de una escritura: en pleno viaje a Tierra del Fuego, los hermanos encuentran un diario en el que se narra un crimen y, en pleno viaje, los hermanos son testigos de este pasado que emerge nuevamente, vuelve a ocurrir y los involucra inevitablemente.
Desde el inicio, el film dibuja dos tendencias sobre el espacio de la memoria: una, encarnada por Malena, quien se resiste a recorrer, más allá de lo permitido y necesario, los hilos de un pasado; y otra que surge a través de Pablo, que busca comprender el pasado y, de alguna manera, jugar a reconfigurar sus sucesos, alterar su memoria. Ambas tendencias son parte de uno de los niveles del film, el nivel que sostiene a otro más lúdico y en el que la memoria es, ante todo, cosa de versiones, parodias y citas. Y es que una de las cualidades más entrañables de la película es hacer del film un espacio de lectura, donde otras películas emergen, se re-construyen y encuentran otros sentidos. Así, el enigmático Hotel Atlántida (donde los hermanos llegan la primera noche del viaje) hace un homenaje a otro espacio misterioso de la historia del cine: el Motel Bates de Psicosis (1960), película en la que se concentran gran parte de las estrategias del suspenso de Hitchcock. Es más, Aparecidos ensaya contar una historia desde el sentido de la escena final de Psicosis: como el carro de Marion Crane que emerge del agua de un pantano, la historia del Doctor de Luca y sus crímenes emergerá en el viaje de los hermanos y contará su propia historia.
La propuesta de Paco Cabezas tiene al menos un antecedente importante en la cinematografía española reciente. Con sus películas El espinazo del diablo (2001) y El laberinto del Fauno (2006), Guillermo del Toro articula los registros de la fantasía y la historia –en este caso, la de la Guerra Civil Española– desde sus huellas imborrables y su crudo contraste, respectivamente. Si bien Aparecidos logra construir una interesante reflexión sobre el peso de la memoria y realiza, exquisitamente, un cuidadoso tejido entre presente y pasado, la manera en la que aborda la temática de los desaparecidos podría haber consolidado afirmaciones más consistentes. Aun así, la arriesgada apuesta del director en una película que es nada más y nada menos que su ópera prima, resulta no sólo en el viaje a través de los recovecos de pasados colectivos y personales: como las buenas películas, ésta no hace otra cosa que recordarnos el buen cine.